viernes, 26 de junio de 2020

El Caballo De Picar por ‎Conchi Mateo Fernandez‎






El Rincón de Conchi

El Caballo De Picar

Son muchas, seguramente, las opiniones que los aficionados tienen sobre las características que debe
reunir el caballo de picar para que esta suerte no siga degenerándose y alcance el nivel de ejecución y belleza que en otras épocas tuvo. Es, sin lugar a dudas, uno de los temas de mayor interés polémico.
En estos últimos tiempos, la suerte de varas ha estado atravesando uno de los peores momentos de la historia de la tauromaquia, conjugándose en la misma el tamaño de la puya, la forma de picar por parte de los picadores, y por supuesto el caballo con todos sus atalajes, que forman una auténtica muralla contra la que se estrella el toro, sin que salvo raras excepciones podamos comprobar su bravura, que es precisamente uno de los fines de esta suerte, y el amoldamiento de la misma para las restantes suertes del toreo.

El Caballo de Ayer

Nada mejor que remitirnos a lo escrito por don José Sánchez de Neira en 1893 sobre el caballo que él consideraba óptimo para picar, y que debía de reunir las siguientes condiciones :"Marca elevada, pesado, de buena boca, fuerte de ancas y viejo mejor que joven, aunque no de tanta edad, ni de tan retrasados movimientos, que el aplomo que debe de tener, se traduzca en torpeza pesada, puesto que la obediencia a la mano izquierda del torero es el requisito más importante para el buen resultado de la suerte de varas ".
Nada consiguió el ilustre tratadista, porque si examinamos la evolución posterior, comprobamos que el problema sigue latente hasta nuestros días y es posible que con mayores defectos que en la fecha referida.
Los picadores de antaño, cuidaban sin embargo, mucho más que ahora, las condiciones de los caballos, como sucedía a mediados del siglo XIX, que uno o dos días antes de la corrida, escogían y probaban los caballos, y antes de salir a la plaza comprobaban sus condiciones en paseos y tras el manejo de los mismos.

Los Petos

De que los problemas siguen sin solución nos da idea, el que en el año 1927, se formó una comisión,
presidida por el director general de seguridad , y compuesta por un matador de toros, un ganadero, un picador, un representante de las empresas, otro por parte de la prensa y hasta un miembro de la Sociedad Protectora de Animales, sin que se encontraran soluciones, opinando los picadores que había que aumentar el tamaño de la puya, propuesta que no fue aceptada, porque se trataba de proteger al caballo y no al picador, en detrimento por supuesto del toro.
De esta comisión si salió la creación del peto, y para elegir el más conveniente se convocaron dos concursos. Se aceptó a prueba un peto de goma, que se desechó después de las pruebas pertinentes en algunas novilladas porque no cedía al impulso del cuerno, era perforado en otros casos cuando el cuerno le afectaba en posición perpendicular, o el cuerpo resbalaba al entrar en contacto con el mismo.
Se probaron otros fabricados a base de algodón, de lana con parafina, uno de cuero flexible, también forrado de guata, y uno más de cuero flexible, aceptando este último que con las modificaciones que mencionaremos, es el que se utiliza en la actualidad.
No vamos a extendernos para explicar las sucesivas modificaciones del peto según Real Orden de 7 de febrero de 1928, el nuevo modelo de acuerdo con la Orden de 3 de agosto de 1934 ; el peso de 25 kilos con una tolerancia por el uso de 5 kilos, que se aprueba por orden del 11 de abril de 1959, hasta llegar a 1962, y el artículo 85 del vigente Reglamento, que establece las características de la actual.
Del largo faldoncillo de una cuarta que se establecía en la orden del 9 de abril de 1930, hemos pasado a un faldón que no cumple con los determinado en la referida orden, lo que hace que el toro rehuya sucesivamente entradas al caballo, desengañado de que no puede vencer en esta pelea, al estar en desigualdad de condiciones, y los manguitos, más todos los aditamentos que aparejan el caballo, le han convertido en una auténtica muralla, al tiempo que le imposibilitan para moverse con mayor libertad.

El Caballo de Hoy

Uno de los errores mayores que se contemplan en el vigente Reglamento de 1962, es sin duda, a nuestro juicio, haber establecido un peso mínimo para los caballos de picar, de 450 kilos en corridas de toros y 400 kilos en novilladas, y la ausencia de peso máximo, con lo que la picaresca actúa sin infringir la ley, con el actual mastodonte, inútil total para este menester, pero que satisface plenamente al picador que no sufre las consecuencias de derribos y sentado - que no montado - en semejante mole puede picar a su manera con entera tranquilidad.
Otro error, que junto con el anterior era necesario evitar en el reglamento que se preparó era establecer una alzada mínima 1, 47 metros, pero que al no establecerse la máxima, vemos como hoy salen caballos a la plaza con alzadas de hasta 1, 76 metros y un peso de 695 kg aproximadamente, lo que ha hecho posible la utilización de un caballo de tiro y arrastre, en lugar de un caballo de silla que sería lo ideal.
Peso máximo y alzada de caballo, deben de ser perfectamente definidos y no estaría de más, definir reglamentariamente el tipo profesional del mismo, es decir, el caballo de silla o de tiro ligero, que han sido hasta antes de 1962 los caballos utilizados, para que el toro pueda demostrar su bravura y fuerza en todo momento.
El caballo actual, de raza hispano bretona está dotado de un cuello amplio y musculoso, excelentes para el tiro, pero de ninguna manera obedece al mando de la rienda, impidiéndole por otra parte, los ya de por sí lentos movimientos, toda la parafernalia que sobre el mismo pesa, y hasta aprende dada la frecuencia con que ha de salir en muchas plazas, vicios como el de acostarse al hacer el embroque con el toro hurtando su anatomía.

El Caballo Ideal

Los ganaderos saben perfectamente, porque a ellos les interesa más que a nadie cuál sería el caballo ideal para aplicar el toro de hoy, por supuesto aligerado de tanta coraza, sin tantas maniobras para quitarle el resabio y con picadores conscientes de la importancia que tiene la bella suerte de varas.
A nuestro juicio bien pudiera ser aquel que responda a las características étnicas del caballo bético o andaluz, que goza de un cuello bien unido por los extremos, robusto, de ancha base y convexo, de lomo amplio y flexible, la grupa redondeada y caída, con pecho robusto, vientre bien desarrollado, y costillar redondo.
Este caballo, cuya alzada varía de 1, 55 a 1, 62 metros, goza de músculos y tendones destacados, el antebrazo es corto, la caña fina, larga, cilíndrica, enjuta, las articulaciones pequeñas, las cuartillas largas y los cascos algo reducidos pero compactos.
Se trata de un caballo, polivalente, ya que se ha venido utilizando como caballo de paseo, de silla, incluso de tiro ligero, para trabajos agrícolas y en la caballería del ejército.
Este caballo existe en Andalucía, en menor cantidad en Extremadura, y algunos ejemplares en otras regiones, dándose la circunstancia de que dónde se ha mantenido más puro ha sido en Galicia y en la costa cantábrica porque no se ha influenciado con sangres extrañas.
Más o menos este era el caballo primitivo, para el que precisamente se creó el peto protector, a partir de 1928, cuando se establecieron los petos protectores y en la reglamentación de 1962 al establecer un peso mínimo pero no máximo.
El peto protege al caballo, pero le impide moverse y el caballo protege al picador, que antes tenía que demostrar su destreza, citar de frente con el pecho del caballo, ser certero y picar delantero, en el morrillo, ya que de no ser así, podía tener seguro que el toro le derribaría.
El caballo de picar, debe de ser obediente y su marcha estar en acuerdo con el arte ecuestre, y el que vemos en las plazas, en ocasiones es torpe de movimientos, anda con pequeños pasos y se ve en la necesidad de dar rodeos para llegar al punto de encuentro con el toro.

El Caballo En La Actualidad

En la actualidad el prototipo de caballo de picar está lejos de ese caballo grande y corpulento de hace
unas décadas. “Se busca un caballo fino porque entendemos que la movilidad tiene que ver con el peso -señala Enrique Peña, encargado de la cuadra Peña de Sevilla-. Utilizamos el percherón y el bretón, que le dan la fuerza y la potencia, y lo cruzamos con el inglés, español y árabe, que lo afinan y le dan la movilidad”. Alain Bonijol opta por “caballos lusitanos y yeguas percheronas, que son dóciles y fuertes y estos cruces permiten obtener caballos con 550-600 kilos. Las yeguas las echo a los toros para saber que pueden servir. Además, el percherón tiene un goterón de caballo árabe que también es muy importante”. Por ello, los caballos de Bonijol son algo más ligeros que el resto de cuadras, que señalan que el peso óptimo debe estar “entre los 600-650 kilos”, como advierte Guillermo Navarro, de la cuadra Navarro, de Valencia.

Aunque el peso tiene un valor un tanto relativo en relación con otros aspectos del caballo. “El peso no influye tanto -confiesa Pedro Moreno “Chocolate hijo”, picador de la cuadrilla de Manzanares-. Es más importante que tengan buen cuello y buenas espaldas. Que tenga buena doma y buenas hechuras, con fibra, carbón y movilidad. Yo también valoro mucho que no sea muy despegado de tierra para que no se cuele un toro por debajo”. Lo ideal sería que la cruz del caballo esté sobre 1’60 centímetros, tal como advierte Antonio Montoliu, picador de la cuadrilla de Padilla, que además puntualiza: “Eso es lo ideal, pero hay excepciones. Cuando se van a picar toros como los de Miura, que son muy altos, es mejor que sean algo más altos”.

Además de las características morfológicas, el carácter es fundamental en este tipo de caballos. “Deben de ser dóciles y tranquilos, pues tienen que ser manejables en la plaza en momentos comprometidos y deben sobrellevar bien el alto ritmo de viajes y desplazamientos que tienen en plena temporada”, destaca Antonio Montoliu. “Además de nobles deben tener el corazón suficiente para luchar con el toro y aguantar esa pelea”, puntualiza Enrique Peña. José García “El Puyero”, de la cuadra Sertauro, va más allá: “No basta con que aguanten la pelea, el caballo tiene querer luchar con el toro”.

Por;  ‎Conchi Mateo Fernandez‎




sábado, 30 de mayo de 2020

SEIS MESES SEPARARON LAS MUERTES DE MADRE E HIJO











Por; Luis Muñoz Palomo



REFRANES Y FRASES DE TAUROMAQUIA.

La muerte está al servicio de los toreros, para darle inmortalidad y Gloria como a los Dioses de Roma.



SEIS MESES SEPARARON LAS MUERTES DE MADRE E HIJO.

La Seña Gabriela enfermó gravemente en el balneario de Zuazo, Noviembre año 1919. Esto fue un
durísimo golpe para el menor de los Gallos, un golpe psicológico muy preocupante para el niño torero José Gómez Ortega “ Joselito El Gallo.”
Joselito se encargó de que a su madre la vieran los mejores médicos y especialistas de España. Todos ellos le dijeron a José, que la enfermedad que tenía su madre no tenía cura, esto dejó anulado el cerebro del torero.
Comenzó el declive de Joselito, José cae como decían sus amigos en un profundo pozo haciéndose poderosa la idea impropia que le atormentaba desde pequeño.
Joselito necesitaba que lo quisieran y lo mimaran ¡ Si se muere mi madre, quien me va a querer a mi ! ¿ Quien me va a querer a mi ?
El que ya era un grandísimo torero, dejó el toreo y se dedicó a cuidar a su madre hasta su muerte, se encomendó y aferró a su devoción a la Macarena, a la Reina, pero a Joselito se le rompió el molde y se le rompió la vida. Para colmo de desgracias, estaba el amor que sentía Joselito por Guadalupe de Pablo Romero, amor imposible por la diferencia de linajes y por él desprecio de la familia de ella hacía el torero.
Estuvo José cuidando a su madre durante los últimos tres meses de su vida, día y noche, no hubo nada que le faltara y si muchas lágrimas que el niño derramara, tres meses sin vestirse de torero hasta que a la Seña Gabriela le llegó el final.
Joselito después de la muerte de su madre estaba realmente solo, niño huérfano y desvalido que necesitaba amor y protección que nadie le dio.
Después de un viaje a Perú, a su vuelta Joselito se encuentra en Sevilla con una serie de cartas difamatorias en la prensa.
Todo ello hacía que sus pensamientos fueran negros, muy negros, terribles que afectaron su equilibrio
mental y emocional. En resumen potenciando la destrucción del torero. Su muerte le llegaría como todos conocemos en una coqueta y bonita plaza de toros, se habló poco de la influencia que pudo haber tenido la muerte de su madre en Talavera. En la plaza que su padre inaugurara, y tuvo que ser ese fatídico 16 de Mayo del año 1920 cuando un toro traicionero de nombre Bailaor le rompió las entrañas a un niño torero que no llegó a superar la muerte de la gran bailaora, “ La Seña Gabriela “ SU MADRE.

TODAS LAS AYUDAS SON POCAS.

Muchas anécdotas se refieren a Fernando El Gallo ( Padre de los Gallos ) y algunas ya las he publicado y creo esta no será la última referente a dicho diestro.
Toreaba en cierta ocasión en Palencia Fernando El Gallo, un mano a mano con Don Luis Mazzantini, y el hermano de éste, Tomas, salió espontáneamente a echar una mano a los peones, nada aventurados, que en tal ocasión toreaban a las órdenes del mencionado Fernando “ El Gallo.”
Y como Don Luis detuviera a su hermano Tomas, manifestando que no tenía por qué meterse donde no le importaba, exclamó “ El Gallo: “
Deja a Tomasillo, Luis; déjalo, que tiene razón; porque cuando yo tropiezo con toritos como éste, quisiera tener a mi vera hasta a la Gabriela ( Su mujer ) y todos los niños.

miércoles, 20 de mayo de 2020

EL PLEITO DE LOS MIURAS.





Por;  Luis Muñoz Palomo

Esta publicación es la que desapareció ayer de mi página, desconozco los motivos. Y he añadido algún párrafo para aclarar las ideas.

REFRANES Y FRASES DE TAUROMAQUIA.

Nunca dejes escapar al toro que te hizo soñar.



EL PLEITO DE LOS MIURAS.

La sombría leyenda de los toros de Miura siempre conturbó y sigue conturbando el ánimo de los toreros. Una evidencia de esta prevención fue el llamado “ PLEITO DE LOS MIURAS “ de 1908.
Lo suscitaron los principales ases de la Tauromaquia y lo refrendaron los toreros Bombita y Machaquito en carta publicada en el periódico “ El Imparcial “ pero nadie fue ajeno a la guerra declarada contra esta divisa por todos los toreros; ni aficionados ni críticos ni profanos. Ello fue que, por ser los toros de este hierro los más duros y los más difíciles para la lidia, los matadores exigían percibir “ Doble honorarios “ por matarlos. La respuesta de los aficionados, fue la publicación de un manifiesto en el que amenazaban con no asistir a las corridas de Miura que se lidiaran con precios superiores a los que se venían pagando. Conviene añadir que por parte de los diestros no era solo una cuestión de precios sino el temor de que Miura, la ganadería que más lidiaba por entonces, llegara a alcanzar el monopolio absoluto. Ese sobreprecio, según Machaquito y Bombita sería destinado a obras benéficas.
La intensidad y amplitud de la controversia fue tal que intelectuales y periodistas de distinto rango entraron en la trifulca. Don Jacinto Benavente escribió:
Me parece muy justo que los toreros cobren más cuando han de habérselas con corridas de peso, casta, bravura y de cuidado si, en lógica proporción cobrasen menos cuando, más que torear se diviertan con peritas en dulce. La intervención del dramaturgo vino a demostrar dos cosas:
Primera. Que las cosas de toros no son solo cosas del toro, y en la sociedad española, desbordan su ámbito específico y segunda. Que siempre han cocido habas y desde siempre los toreros prefieren apuntarse a los encastres blandos.
El pacto siguió pero los toreros que toreaban Miuras no cobraron más, dieron su vida y su sangre y hasta la fecha, los Miuras han sido para un determinado grupo de toreros, no para los figuras, solo para toreros.
En una de las fotografías, posan El Guerra junto a Bombita, Machaquito y la señora del Califa. Fotografía firmada por los tres toreros. ( Una Reliquia )

CUIDADO CON LAS PRENDAS DE VESTIR.

En cierta ocasión se lidiaron en Córdoba toros de Don José Orozco, una corrida dura y de gran poder con la que los picadores andaban de cabeza.
Uno de ellos “ Juan de los Gallos “ cayó una de las veces como de un quinto piso, y dijo para su flamante casaquilla que estrenaba aquella tarde:
Aquí lo produnte es meterse para dentro. Y cómo lo pensó lo hizo.
Al mismo tiempo que él entró en la enfermería el médico que se dio cuenta del camelo, ordenó enérgicamente:
Venga, necesito dos pósales de agua para echárselos a este hombre por la cabeza.
Y “ Juan de los Gallos “ muy quedaito suplicó a uno de los que le sujetaban:
¡ Por favor hombre, por tu salud, quítame la casaquilla !

LA HIJA DEL TORERO JUAN BELMONTE, ESTABA SERIA.

En cierta ocasión, Juan Belmonte “ El Pasmo de Triana “ encontró a una de sus dos hijas un poco seria y le preguntó:
¿ Que te pasa que te encuentro seria ? Nada grave Papá contestó la hija. Solo que esta mañana nos han explicado en el colegio el Comunismo y el Socialismo y no me he enterado de nada.
No te preocupes hija, eso tiene fácil solución. Juan Belmonte con la socarronería que le caracterizaba se dirigió a la hija y le dijo:
Imagínate que tú tienes una vaca, los Comunistas vendrán y se la llevarán. Y los Socialistas no se la llevarán, te la dejarán para que tú la alimentes, vendrán todos los días, la ordeñarán y se llevarán la leche, y cuando la vaca deje de producir, vendrán y se la llevaran para carne.
Yo no sé si Belmonte se acordaría de su niñez y su adolescencia, pasó mucha hambre y siendo torero se bañaba en la abundancia.

Esto es verídico, aquí no hay nada inventado, todo lo que publico es historia del toreo. Hay quien puede diferir de mis publicaciones, yo respeto a todo el mundo e invito a los que difieren que, tengan la valentía de durante siete años estar publicando temas y fotografías taurinas como he hecho yo. No tienen ni idea del trabajo que esto tiene. Y no conseguirán que me venga abajo, más publicaré.

martes, 28 de abril de 2020

Hipotética temporada taurina televisada



ABC Toros
Sevilla Actualizado:28/04/2020


    Emilio Muñoz y Jarabito, la exaltación del toreo más personal de Triana
    Ganaderías al matadero: esta semana se han sacrificado 200 toros en Sevilla
    Los ganaderos podrán realizar tentaderos durante el estado de alarma

La Unión de Toreros junto con el canal temático Toros han planificado una hipotética temporada taurina en la que se televisarían casi treinta festejos a puerta cerrada a partir del próximo mes de junio. Según ha podido conocer ABC de Sevilla, ya se han puesto en contacto con los treinta primeros diestros del escalafón 2019 para contar con ellos en una decena de corridas que se celebrarían en plazas de pueblos. Además, se barajan números similares para emitir novilladas y festejos de rejones.

Leer noticiero completo ABC Sevilla


sábado, 25 de abril de 2020

TOREROS PERUANOS EN EL RECUERDO: BANDERILLERO ÁNGEL SOLIMANO “ANGELILLO”





 Carlos Castillo Alejos



TOREROS PERUANOS EN EL RECUERDO: BANDERILLERO ÁNGEL SOLIMANO “ANGELILLO”

Ángel Evaristo Solimano Sardi nació en Canta (Lima) el 14 de octubre de 1917. Hijo de don Alfredo Solimano Gisolfo y doña Luisa Sardi Casanova.

Su afición nace de vivir en las afueras de la puerta de sombra de la Plaza de Acho, en la Calle "La
Aspiración", en el Barrio del Rímac. Su vida taurina la empieza como monosabio. Posteriormente, a la edad de 12 años, sale de banderillero en la Plaza "Juan Belmonte" de Tarma (Junín) en compañía de Adolfo Rojas "El Nene", quien alternaba con "Miura" y César Sánchez. Actuando luego en las plazas de Canta (Lima) y Carhuaz (Ancash). Esporádicamente actuó como novillero.

Debutó en la Plaza de Acho el 12 de octubre de 1941, en una novillada en la que alternaban Guillermo Rodríguez "El Sargento", "El Nene" e Isidoro Morales, con ganado de Arequipa. Durante su carrera taurina recibió los consejos de su padrino Alejandro Arrieta "Moyano de Lima", Rafael Valera "Rafaelillo" y José Murro.

Su primera cogida de importancia fue en la última corrida del matador mexicano Fermín Espinoza "Armillita" en el año 1942, con ganado de Asín, al banderillear el sexto toro resultó herido en el muslo. Durante su dilata vida profesional recibió doce cornadas, tres de ellas en la plaza de Acho, algunas de ellas de gravedad.

El 15 de noviembre de 1942 fue premiado por el Jefe de Estado, Manuel Prado Ugarteche, en tarde en la que "Armillita" cortó dos orejas y rabo a un toro de La Viña.

Fue un destacado y eficiente peón de brega y pinturero banderillero de lujo. Destacó por sus buenas maneras. Siempre se mostró muy reposado, con gran voluntad. Manejó el capote de brega con soltura, inteligencia y experiencia. Logró los aplausos al ejecutar la suerte de banderillas por su forma y estilo colocándose en un lugar preferente entre los rehileteros nacionales. Ha toreado con todas las figuras del toreo de los años cuarenta hasta los setenta. Ha actuado también ruedos de Bolivia, Ecuador, Chile, Cuba, España y Marruecos.

Tuve la suerte de que me representará en algunas de mis actuaciones como novillero recibiendo importantes consejos. Siempre será recordado por su amena conversación, el detallismo a la hora de contar sus experiencias y, sobre todo, por ser un gran caballero y mejor amigo.

Antes de ser torero fue un buen futbolista del Club Manuel Acevedo del Rímac. En las canchas de
fútbol se le conocía con el nombre de "Nonem".

Falleció en Lima el 2 de enero de 2011 a los 93 años de edad.

El escritor Samuel Joya dedicó un pasacalle a "Angelillo":

La vieja plaza se ha vestido de sus galas,

de sangre, de arena y de sol,

en sus tendidos se ha volcado la afición

con alegría delirante

y con ansías de aplaudir a su lado.

Y es que ha salido a los medios

un chavalillo precoz

que con salero y elegancia toreará,

él se ceñirá, él se animará,

es el valiente “Angelillo”

una promesa taurina

que al lado de su maestro

el bravo “Moyano” se está perfilando.

¡Olé! la fiesta bravía,

viva el chaval sin igual

que en esta tarde de toros

sus hechuras lucirá.

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Don  ''ANGEL SOLIMANO SARDI "ANGELILLO"

Jorge M. Arancivia

Pocas otras cosas transmiten la imagen de poder y fiereza que un toro de lidia recién salido del toril pidiendo guerra: una tromba de quinientos kilos, bufadora, dando vueltas por el redondel y con dos cuchillos enhiestos ávidos de clavarse en lo que sea.

Mi primer recuerdo de Angelillo es haberlo visto enfrentándose a una de estas fieras en la plaza de Acho, en la época en que los peones de brega daban los lances de tanteo –es decir, tenían el primer contacto con el toro recién salido- mientras el matador observaba las trayectorias y los resabios del animal desde el burladero antes de disponerse él mismo a lidiarlo. Ni recuerdo quién era el matador en esa ocasión, pues yo tenía siete u ocho años, pero una escena sobrecogedora vive intacta en memoria hasta hoy: Angelillo dirigiéndose al toro que acometía con todo su poder, y tropezando en su misma cara –un terrible ¡ay! en los tendidos-, y la improvisación del quite que se hizo a sí mismo, echando el capote al aire por encima de la cabeza mientras caía al suelo y desviando los cuernos un palmo por encima de su montera. La plaza entera lo ovacionó de pie y el matador le indicó que se destocase para saludar, pues los subalternos no pueden quitarse la montera sin el permiso de su superior jerárquico: en las corridas de toros las formas y la jerarquía, así como la puntualidad, se respetan más que en cualquier otra actividad. ¿Será acaso que una rígida estructuración de las acciones en esos coliseos protege, como un espejismo de ritual controlado, a quienes se enfrentan a la muerte en la arena?



Un par de años después de esa proeza de habilidad, reflejos y sangre fría, fue que le pedí a Angelillo
que me enseñara a torear. Fue en Huampaní, que estuvo de moda allá por los años cincuenta y donde muchas familias limeñas alquilaban por unos días los chalets que allí ofrecían para gozar del limpio sol de Chaclacayo, especialmente durante los húmedos inviernos de la capital. Era un edén para los niños: la novedad de poder elegir a la carta (austero menú) las tres comidas en el inmenso comedor del complejo, trocándolas de momento por el omnipresente arroz con los guisos de la entrañable cocina casera; tener el día entero para holgar por los enormes vericuetos arbolados, eso sí que reportándonos con frecuencia ante la vigilancia paterna; y jugando hasta cansarnos con las máquinas de fulbito y otras atracciones en el salón; y, sobre todo, los ilimitados chapuzones en la piscina a la intemperie, entre los montes y el bosque frondoso con el aire más puro que los pulmones pudieran admitir. Huampaní era el regalo más codiciado para los niños de mi generación durante las vacaciones de julio y, por tanto, durante la época de las Fiestas Patrias el centro estaba repleto. Las reservaciones tenían que hacerse con semanas o meses de anticipación.

Así, contando no más de nueve o diez años de alborotado habitante terrícola, una de esas mañanas de apiñada congregación en el comedor de Huampaní distinguí, en una mesa contigua, una cara conocida –trigueña clara, rasgos finos, pelo ondulado- que ya la había visto antes asentada sobre un cuerpo envuelto en un traje de luces, en varias temporadas en la plaza de Acho (mi padre me llevó a los toros desde que tuve uso de razón, y por esa época yo soñaba con ser torero): ¡el mismo banderillero del famoso auto-quite, Angelillo! Estaba acompañado de una señora muy blanca y de facciones hermosas, que mostraba una sonrisa buena. Cuando uno tiene 10 años, cualquier mujer –cualquier persona- de veinte o mayor califica para el asilo. Por eso, en mi recuerdo, Gladys –que así se llamaba la flamante esposa de Angelillo- era una “señora grande” de unos veinte a veinticinco años de edad. Previa autorización paterna, mi hermano y yo nos acercamos a la mesa de estos egregios comensales –después nos enteraríamos de que eran lunamieleros– para saludarlos (“¡Hola, tú eres Angelillo”!), y ellos nos recibieron con mucha simpatía y hasta cariño –quizá porque un subalterno de la lidia no estaba tan acostumbrado, como los matadores de éxito lo estaban, a que se les reconociera en el restaurante de una villa vacacional, a muchos kilómetros de la plaza- y así, por una genuina bonhomía o por la gratitud de un ego ensalzado, Angelillo firmó la sentencia de su tortura. No creo que ningún otro recién casado, desde que se inventó la luna de miel, haya estado sometido a un acoso tan inclemente como el que dos niños fanáticos de los toros –y muy impertinentes- le prodigaron al ciudadano Angel Solimano, cuyo remoquete taurino fue “Angelillo”, y a su bonita novia.


Un par de días antes, mi hermano y yo habíamos descubierto que en un paraje de los alrededores pastaba una vaca vieja, llena de mataduras y con la cornamenta recortada, atada a un árbol. Nuestra imaginación infantil habría visto, en vez de unos molinos de viento, a un terrible miura listo a despanzurrarnos. Por eso, jamás nos acercamos al animal a más de unos cinco o seis metros, claro que amparados en los cubrecamas del dormitorio que, a guisa de capotes, los habíamos sacado subrepticiamente del chalet. Citábamos a la vaca a la verónica, con el trapo por delante, imitando con nuestros cuerpos el garbo de los matadores, y por supuesto que, como si la cosa no fuese con ella, la vaca seguía agenciándose su sustento de la broza del terreno. Pero por nada del mundo nos atrevíamos a acercarnos, pues muchas veces habíamos vistos volar a los diestros como unos peleles cuando eran cogidos, y no queríamos exponernos a ello sin el beneficio de un quite y de una enfermería al canto.

Entonces, lo lógico era que quien se acercase a la fiera fuese alguien del oficio, un profesional que estuviese a la mano. ¡Y qué a la mano!


Por lo menos durante toda una semana y casi a todas horas del día, mi hermano y yo íbamos en taurómaca romería hasta el chalet de Angel y Gladys, algo más alejado que el resto, como correspondía a la privacidad de los recién casados. Por razones intuidas -en nuestra ya algo disipada mente infantil-, los novios pasaban la mayor parte del tiempo dentro que fuera; entonces, en cualquier momento del día –la noche entera sí los guarecía del asedio- dos mocosos palomillas se llegaban hasta la puerta del torero y su mujer a gritar en coro: “¡Angelillo, enséñame a torear”!

Y, dando muestras de una paciencia más que jobiana, al cabo de unos momentos siempre aparecía Angelillo, algunas veces despeinado y con el estigma de la modorra en el rostro, pero de buen talante y sonriente. Entonces nos íbamos a torear a la vaca. Torear a la vaca era acercarnos hasta tocarle los cuernos -la proeza que nos enseñó Angelillo- sin necesidad de una manta. ¡Era tan bravo nuestro torero que ni necesitaba un engaño para dominar al bovino! Jamás le advertimos temor en los ojos cada vez que se acercaba a la bestia corrupia de nuestra imaginación, y ese valor sobrehumano nos alentó a mi hermano y a mí para acercarnos y sentir que los tendidos de fantasía -que eran los árboles de ese paraje- se estremecían ante dos niños valientes que desplantaban a la bestia ya domada.

Sólo una vez sentimos algo parecido al remordimiento en una de nuestras convocaciones al maestro: una tarde adormecida, a la hora de la siesta, encontramos a la pareja en un sillón del breve patio delante del chalet. Gladys, que estaba sentada sobre el regazo de Angelillo, tenía las piernas expuestas, y él dejó de acariciarlas apenas nos divisó. Ella se levantó y corrió adentro, mientras él, sin gesto agrio, nos llevó a torear a la vaca, y en el camino nos enseñaba cómo agarrar bien la manta que hacía de un improvisado capote gris sin esclavina.

Hay que poner las cosas en un contexto que permita comprender las razones de este par de chiquillos.

La afición a los toros, por lo general, se mama. Hay quienes llegan a ella en la adolescencia o, aún, durante la adultez. No es lo mismo. Ya uno tiene sus valores más o menos firmemente establecidos. La muerte de un animal tras un tormento de veinte minutos puede hacer mucha mella en quienes asisten a una corrida de toros por primera vez en edad racional. En cambio, para cualquier niño que haya ido a una plaza de toros, generalmente de la mano de su padre u otro familiar adulto, antes de la formación del juicio, o sea antes de los siete u ocho años, el espectáculo se asimila como algo de lo más natural. Así, también, ocurre con las peleas de gallos, la caza y la pesca -estas dos últimas actividades muy comunes en casi todas las culturas-. Nadie ha podido demostrar que un toro sufre más que un merlín, el cual, también, durante varios minutos lucha por su vida con un enorme anzuelo enganchado en la boca, mientras el pescador –la mayoría de las veces deportivo, y sin la intención de aprovechar su carne- le suelta el cordel para darle la ilusión de un escape y que así se fatigue más pronto y amengüe la resistencia. O la caza de las ballenas en las Islas Feroe, en Dinamarca, donde el mar se tiñe con la rojez de la sangre tras una masacre anual. Estos cetáceos –decenas de ellos- se acercan a la orilla en busca de alimento, donde los jóvenes les asestan golpes con una especie de machete: les seccionan la médula espinal y los paralizan. Lo mismo se puede decir de los safaris y hasta de la caza de los pichones con una escopeta de perdigones, por el mero placer de acertar en un blanco vivo y volante. La naturaleza es cruel, y el ser humano es parte de esa selva donde la ley es comerse a unos seres vivos o que ellos te coman a ti.


Muchas veces, por remilgos escrupulosos de la madurez, he puesto en revisión mi afición por las corridas de toros, y mi inteligencia me ha dicho que es una fiesta bárbara y cruel. Entonces, mi opción humana, a la luz de un razonamiento más sabio y añejo, tuvo que haber sido renegar de ella, como ha ocurrido con algunos aficionados que devinieron antitaurinos. Pero, como en todos los ámbitos del vivir, en lo que se refiere a las corridas de toros no sólo manda la razón, sino que hay, también, un conglomerado de motivos sustentados en la emoción, la costumbre, la tradición, en fin, en todos esos elementos culturales que configuran a los pueblos y que no siempre atienden a la piedad ni a la inteligencia. No me cabe la duda de que el espectáculo de la tauromaquia está finalmente condenado a desaparecer. Pero lo mismo tendrá que ocurrir primero con la pesca y con la caza deportivas, actividades del matar por matar –muy poco cuestionadas en el mundo “civilizado”– y que no necesariamente sacian hambres humanas y que ni alimentan arte ninguna. Es más, ojalá que un día los humanos no tengamos que matar animales para alimentarnos de ellos. Pero por el momento las cosas son como son, y nosotros somos los hijos de nuestro tiempo.

Es absurdo atribuirle a un animal las características humanas y proyectar en ellos los atributos tan abstractos como el honor, la elegancia y el derecho. Sin embargo, así como –también- a través de los milenios, y hasta en épocas recientes, se le atribuyeron a ciertas deidades unas características tan humanas como la pasión, el odio, la venganza y la ira, permítaseme por un caprichoso instante, en aras de una dialéctica entecona, dotar al toro de lidia –quizá el animal más hermoso y, por cierto, la imagen suma de la fuerza y la bravura- con el poder de decidir su destino. Si pudiera averiguarse su preferencia, ¿decidiría este animal ir a morir al matadero, electrocutado o a golpes, o ser castrado y llevar el yugo para arar la tierra hasta su muerte? ¿O sería su elección el morir como un gladiador armado, con el derecho de matar también, tras un cuarto de hora de lucha sangrienta? No lo sé, ni nadie nunca lo sabrá; pero, si en el reino bovino existiese la variedad de pareceres que nos caracteriza a la especie dominante, y siendo su destino final proveer de carne a los hombres, sospecho que la mayoría de los toros –especialmente los de lidia, nacidos y criados para luchar- irían por lo segundo.

Durante los años de nuestra juventud, cada temporada taurina mi hermano y yo esperábamos la

llegada de las cuadrillas a la plaza en las tardes de toros, y cómo nos envanecía que uno de los lidiadores, por más que vistiese la plata en lugar del oro, nos reconociera entre el gentío y nos llamara por nuestros nombres y que nos abrazara con afecto. También veíamos a Angel en casa del tío Amadeo Bresciani, quien, por mucho tiempo, fue el factótum de la actividad taurina en el país, en su condición de director de espectáculos de la Municipalidad del Rímac, pero, sobre todo, por su condición de ser –tal vez- la persona más entendida en los intríngulis de la fiesta brava en Lima

Muchos años nos separaron de Angel, hasta que una tarde de toros -ya maduros mi hermano y yo- nos lo encontramos en el tendido como un espectador más. Estaba viejo y flaco, y había tristeza en su expresión, la cual se tornó llanto franco cuando le preguntamos por Gladys : “No quiero hablar de ella”, nos dijo, y no insistimos al respecto.

Varias veces después lo vimos en la plaza, tocado con una cachucha y en silla de ruedas, y tenía esa
expresión de los que ya no andan por aquí. Una vez que nos acercamos no nos reconoció, pero así y todo le recordamos quiénes éramos y, otra vez, se puso a llorar. A partir de ahí decidimos no volver a perturbarle la vejez con unas memorias evidentemente dolorosas y nos limitábamos a verlo de lejos con el cariño de siempre. Más todavía, porque en la madurez comprendíamos mejor hasta qué punto había sido un hombre bueno con dos niños impertinentes y desconocidos.   Ignacio.


domingo, 19 de abril de 2020

JOSÉ MARÍA MANZANARES TOREO ETERNO por Carlos Castillo





 Por; Carlos Castillo Alejos




JOSÉ MARÍA MANZANARES TOREO ETERNO

El pasado martes 14 de abril el matador de toros español José María Dols Abellan "José María Manzanares" hubiera cumplido 67 años de edad. Fue considerado figura de época y reconocido como torero de toreros en el mundo taurino. Cuando estuvo como espada en activo tuvo el respeto de todos los profesionales y compañeros del toreo, siendo espejo en el que se han mirado muchos actuales matadores.


La afición de Lima lo recuerda con mucho cariño por sus triunfales y entregadas faenas de toreo
eterno, lleno arte, majestuosidad, inspiración y exquisita técnica. En la plaza de Acho, conquisto cuatro Escapularios de Oro de las Ferias del Señor de los Milagros 1977, 1979, 1885 y 1988, los que por la rotundidad como los obtuvo y el lugar especial que tuvo con los aficionados fue reconocido como "Torero de Lima".



La muerte lo sorprendió un 28 de octubre del 2014 cuando tenía todo listo para acompañar a su hijo que estaba acartelado en la feria morada de ese año y reencontrase con su Lima añorada, de la que cuando le preguntaron por sus "perdidas bohemias" respondió: "Si me pierdo, que me busquen en Lima". Sobre su hijo torero José María Dols Samper "José María Manzanares" opino: "el alumno tiene que superar al maestro" y su hijo en la actualidad ha logrado consolidarse como figura del toreo.

Al cumplirse un mes de su sensible fallecimiento un grupo de amigos y admiradores que tuvo en Lima asistimos a una Misa en memoria de su alma en la Iglesia de Las Nazarenas.

¡Maestro Manzanares! siempre estarás presente en nuestra memoria y vivirás en nuestro recuerdo.

Carlos Castillo Alejos  (Peru Taurino)




sábado, 18 de abril de 2020

NOCHE DE VERANO TAURINA en memoria a Don Miguel


Fotos; Cordoba Caro







Por; Miguel Delgado Victorio
martes, 8 de febrero de 2011




NOCHE DE VERANO TAURINA

Una noche de verano, en la puerta del hotel Roma en pleno Centro de Lima, el banderillero Alejandro Arrieta "El Tata" disfrutando de una amena charla con sus amigos el matador de toros Lima de Estepona, José de María Cruz "Pepe Cruz", Jorge Domingo Tapia "El Koki", el banderillero recientemente en retiro Rafael Montenegro "El Diablo", los periodistas Rafael Morán, Carlos Castillo A., Miguel Delgado Victorio y Don Jorge Arancivia R.



Nunca olvides que. . .
La felicidad te mantiene Dulce.
Los intentos te mantienen Fuerte.
Las penas te mantienen Humano.
Las caídas te mantienen Humilde.
El éxito te mantiene Brillante.
Pero solo Dios te mantiene andando