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sábado, 25 de abril de 2020

TOREROS PERUANOS EN EL RECUERDO: BANDERILLERO ÁNGEL SOLIMANO “ANGELILLO”





 Carlos Castillo Alejos



TOREROS PERUANOS EN EL RECUERDO: BANDERILLERO ÁNGEL SOLIMANO “ANGELILLO”

Ángel Evaristo Solimano Sardi nació en Canta (Lima) el 14 de octubre de 1917. Hijo de don Alfredo Solimano Gisolfo y doña Luisa Sardi Casanova.

Su afición nace de vivir en las afueras de la puerta de sombra de la Plaza de Acho, en la Calle "La
Aspiración", en el Barrio del Rímac. Su vida taurina la empieza como monosabio. Posteriormente, a la edad de 12 años, sale de banderillero en la Plaza "Juan Belmonte" de Tarma (Junín) en compañía de Adolfo Rojas "El Nene", quien alternaba con "Miura" y César Sánchez. Actuando luego en las plazas de Canta (Lima) y Carhuaz (Ancash). Esporádicamente actuó como novillero.

Debutó en la Plaza de Acho el 12 de octubre de 1941, en una novillada en la que alternaban Guillermo Rodríguez "El Sargento", "El Nene" e Isidoro Morales, con ganado de Arequipa. Durante su carrera taurina recibió los consejos de su padrino Alejandro Arrieta "Moyano de Lima", Rafael Valera "Rafaelillo" y José Murro.

Su primera cogida de importancia fue en la última corrida del matador mexicano Fermín Espinoza "Armillita" en el año 1942, con ganado de Asín, al banderillear el sexto toro resultó herido en el muslo. Durante su dilata vida profesional recibió doce cornadas, tres de ellas en la plaza de Acho, algunas de ellas de gravedad.

El 15 de noviembre de 1942 fue premiado por el Jefe de Estado, Manuel Prado Ugarteche, en tarde en la que "Armillita" cortó dos orejas y rabo a un toro de La Viña.

Fue un destacado y eficiente peón de brega y pinturero banderillero de lujo. Destacó por sus buenas maneras. Siempre se mostró muy reposado, con gran voluntad. Manejó el capote de brega con soltura, inteligencia y experiencia. Logró los aplausos al ejecutar la suerte de banderillas por su forma y estilo colocándose en un lugar preferente entre los rehileteros nacionales. Ha toreado con todas las figuras del toreo de los años cuarenta hasta los setenta. Ha actuado también ruedos de Bolivia, Ecuador, Chile, Cuba, España y Marruecos.

Tuve la suerte de que me representará en algunas de mis actuaciones como novillero recibiendo importantes consejos. Siempre será recordado por su amena conversación, el detallismo a la hora de contar sus experiencias y, sobre todo, por ser un gran caballero y mejor amigo.

Antes de ser torero fue un buen futbolista del Club Manuel Acevedo del Rímac. En las canchas de
fútbol se le conocía con el nombre de "Nonem".

Falleció en Lima el 2 de enero de 2011 a los 93 años de edad.

El escritor Samuel Joya dedicó un pasacalle a "Angelillo":

La vieja plaza se ha vestido de sus galas,

de sangre, de arena y de sol,

en sus tendidos se ha volcado la afición

con alegría delirante

y con ansías de aplaudir a su lado.

Y es que ha salido a los medios

un chavalillo precoz

que con salero y elegancia toreará,

él se ceñirá, él se animará,

es el valiente “Angelillo”

una promesa taurina

que al lado de su maestro

el bravo “Moyano” se está perfilando.

¡Olé! la fiesta bravía,

viva el chaval sin igual

que en esta tarde de toros

sus hechuras lucirá.

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Don  ''ANGEL SOLIMANO SARDI "ANGELILLO"

Jorge M. Arancivia

Pocas otras cosas transmiten la imagen de poder y fiereza que un toro de lidia recién salido del toril pidiendo guerra: una tromba de quinientos kilos, bufadora, dando vueltas por el redondel y con dos cuchillos enhiestos ávidos de clavarse en lo que sea.

Mi primer recuerdo de Angelillo es haberlo visto enfrentándose a una de estas fieras en la plaza de Acho, en la época en que los peones de brega daban los lances de tanteo –es decir, tenían el primer contacto con el toro recién salido- mientras el matador observaba las trayectorias y los resabios del animal desde el burladero antes de disponerse él mismo a lidiarlo. Ni recuerdo quién era el matador en esa ocasión, pues yo tenía siete u ocho años, pero una escena sobrecogedora vive intacta en memoria hasta hoy: Angelillo dirigiéndose al toro que acometía con todo su poder, y tropezando en su misma cara –un terrible ¡ay! en los tendidos-, y la improvisación del quite que se hizo a sí mismo, echando el capote al aire por encima de la cabeza mientras caía al suelo y desviando los cuernos un palmo por encima de su montera. La plaza entera lo ovacionó de pie y el matador le indicó que se destocase para saludar, pues los subalternos no pueden quitarse la montera sin el permiso de su superior jerárquico: en las corridas de toros las formas y la jerarquía, así como la puntualidad, se respetan más que en cualquier otra actividad. ¿Será acaso que una rígida estructuración de las acciones en esos coliseos protege, como un espejismo de ritual controlado, a quienes se enfrentan a la muerte en la arena?



Un par de años después de esa proeza de habilidad, reflejos y sangre fría, fue que le pedí a Angelillo
que me enseñara a torear. Fue en Huampaní, que estuvo de moda allá por los años cincuenta y donde muchas familias limeñas alquilaban por unos días los chalets que allí ofrecían para gozar del limpio sol de Chaclacayo, especialmente durante los húmedos inviernos de la capital. Era un edén para los niños: la novedad de poder elegir a la carta (austero menú) las tres comidas en el inmenso comedor del complejo, trocándolas de momento por el omnipresente arroz con los guisos de la entrañable cocina casera; tener el día entero para holgar por los enormes vericuetos arbolados, eso sí que reportándonos con frecuencia ante la vigilancia paterna; y jugando hasta cansarnos con las máquinas de fulbito y otras atracciones en el salón; y, sobre todo, los ilimitados chapuzones en la piscina a la intemperie, entre los montes y el bosque frondoso con el aire más puro que los pulmones pudieran admitir. Huampaní era el regalo más codiciado para los niños de mi generación durante las vacaciones de julio y, por tanto, durante la época de las Fiestas Patrias el centro estaba repleto. Las reservaciones tenían que hacerse con semanas o meses de anticipación.

Así, contando no más de nueve o diez años de alborotado habitante terrícola, una de esas mañanas de apiñada congregación en el comedor de Huampaní distinguí, en una mesa contigua, una cara conocida –trigueña clara, rasgos finos, pelo ondulado- que ya la había visto antes asentada sobre un cuerpo envuelto en un traje de luces, en varias temporadas en la plaza de Acho (mi padre me llevó a los toros desde que tuve uso de razón, y por esa época yo soñaba con ser torero): ¡el mismo banderillero del famoso auto-quite, Angelillo! Estaba acompañado de una señora muy blanca y de facciones hermosas, que mostraba una sonrisa buena. Cuando uno tiene 10 años, cualquier mujer –cualquier persona- de veinte o mayor califica para el asilo. Por eso, en mi recuerdo, Gladys –que así se llamaba la flamante esposa de Angelillo- era una “señora grande” de unos veinte a veinticinco años de edad. Previa autorización paterna, mi hermano y yo nos acercamos a la mesa de estos egregios comensales –después nos enteraríamos de que eran lunamieleros– para saludarlos (“¡Hola, tú eres Angelillo”!), y ellos nos recibieron con mucha simpatía y hasta cariño –quizá porque un subalterno de la lidia no estaba tan acostumbrado, como los matadores de éxito lo estaban, a que se les reconociera en el restaurante de una villa vacacional, a muchos kilómetros de la plaza- y así, por una genuina bonhomía o por la gratitud de un ego ensalzado, Angelillo firmó la sentencia de su tortura. No creo que ningún otro recién casado, desde que se inventó la luna de miel, haya estado sometido a un acoso tan inclemente como el que dos niños fanáticos de los toros –y muy impertinentes- le prodigaron al ciudadano Angel Solimano, cuyo remoquete taurino fue “Angelillo”, y a su bonita novia.


Un par de días antes, mi hermano y yo habíamos descubierto que en un paraje de los alrededores pastaba una vaca vieja, llena de mataduras y con la cornamenta recortada, atada a un árbol. Nuestra imaginación infantil habría visto, en vez de unos molinos de viento, a un terrible miura listo a despanzurrarnos. Por eso, jamás nos acercamos al animal a más de unos cinco o seis metros, claro que amparados en los cubrecamas del dormitorio que, a guisa de capotes, los habíamos sacado subrepticiamente del chalet. Citábamos a la vaca a la verónica, con el trapo por delante, imitando con nuestros cuerpos el garbo de los matadores, y por supuesto que, como si la cosa no fuese con ella, la vaca seguía agenciándose su sustento de la broza del terreno. Pero por nada del mundo nos atrevíamos a acercarnos, pues muchas veces habíamos vistos volar a los diestros como unos peleles cuando eran cogidos, y no queríamos exponernos a ello sin el beneficio de un quite y de una enfermería al canto.

Entonces, lo lógico era que quien se acercase a la fiera fuese alguien del oficio, un profesional que estuviese a la mano. ¡Y qué a la mano!


Por lo menos durante toda una semana y casi a todas horas del día, mi hermano y yo íbamos en taurómaca romería hasta el chalet de Angel y Gladys, algo más alejado que el resto, como correspondía a la privacidad de los recién casados. Por razones intuidas -en nuestra ya algo disipada mente infantil-, los novios pasaban la mayor parte del tiempo dentro que fuera; entonces, en cualquier momento del día –la noche entera sí los guarecía del asedio- dos mocosos palomillas se llegaban hasta la puerta del torero y su mujer a gritar en coro: “¡Angelillo, enséñame a torear”!

Y, dando muestras de una paciencia más que jobiana, al cabo de unos momentos siempre aparecía Angelillo, algunas veces despeinado y con el estigma de la modorra en el rostro, pero de buen talante y sonriente. Entonces nos íbamos a torear a la vaca. Torear a la vaca era acercarnos hasta tocarle los cuernos -la proeza que nos enseñó Angelillo- sin necesidad de una manta. ¡Era tan bravo nuestro torero que ni necesitaba un engaño para dominar al bovino! Jamás le advertimos temor en los ojos cada vez que se acercaba a la bestia corrupia de nuestra imaginación, y ese valor sobrehumano nos alentó a mi hermano y a mí para acercarnos y sentir que los tendidos de fantasía -que eran los árboles de ese paraje- se estremecían ante dos niños valientes que desplantaban a la bestia ya domada.

Sólo una vez sentimos algo parecido al remordimiento en una de nuestras convocaciones al maestro: una tarde adormecida, a la hora de la siesta, encontramos a la pareja en un sillón del breve patio delante del chalet. Gladys, que estaba sentada sobre el regazo de Angelillo, tenía las piernas expuestas, y él dejó de acariciarlas apenas nos divisó. Ella se levantó y corrió adentro, mientras él, sin gesto agrio, nos llevó a torear a la vaca, y en el camino nos enseñaba cómo agarrar bien la manta que hacía de un improvisado capote gris sin esclavina.

Hay que poner las cosas en un contexto que permita comprender las razones de este par de chiquillos.

La afición a los toros, por lo general, se mama. Hay quienes llegan a ella en la adolescencia o, aún, durante la adultez. No es lo mismo. Ya uno tiene sus valores más o menos firmemente establecidos. La muerte de un animal tras un tormento de veinte minutos puede hacer mucha mella en quienes asisten a una corrida de toros por primera vez en edad racional. En cambio, para cualquier niño que haya ido a una plaza de toros, generalmente de la mano de su padre u otro familiar adulto, antes de la formación del juicio, o sea antes de los siete u ocho años, el espectáculo se asimila como algo de lo más natural. Así, también, ocurre con las peleas de gallos, la caza y la pesca -estas dos últimas actividades muy comunes en casi todas las culturas-. Nadie ha podido demostrar que un toro sufre más que un merlín, el cual, también, durante varios minutos lucha por su vida con un enorme anzuelo enganchado en la boca, mientras el pescador –la mayoría de las veces deportivo, y sin la intención de aprovechar su carne- le suelta el cordel para darle la ilusión de un escape y que así se fatigue más pronto y amengüe la resistencia. O la caza de las ballenas en las Islas Feroe, en Dinamarca, donde el mar se tiñe con la rojez de la sangre tras una masacre anual. Estos cetáceos –decenas de ellos- se acercan a la orilla en busca de alimento, donde los jóvenes les asestan golpes con una especie de machete: les seccionan la médula espinal y los paralizan. Lo mismo se puede decir de los safaris y hasta de la caza de los pichones con una escopeta de perdigones, por el mero placer de acertar en un blanco vivo y volante. La naturaleza es cruel, y el ser humano es parte de esa selva donde la ley es comerse a unos seres vivos o que ellos te coman a ti.


Muchas veces, por remilgos escrupulosos de la madurez, he puesto en revisión mi afición por las corridas de toros, y mi inteligencia me ha dicho que es una fiesta bárbara y cruel. Entonces, mi opción humana, a la luz de un razonamiento más sabio y añejo, tuvo que haber sido renegar de ella, como ha ocurrido con algunos aficionados que devinieron antitaurinos. Pero, como en todos los ámbitos del vivir, en lo que se refiere a las corridas de toros no sólo manda la razón, sino que hay, también, un conglomerado de motivos sustentados en la emoción, la costumbre, la tradición, en fin, en todos esos elementos culturales que configuran a los pueblos y que no siempre atienden a la piedad ni a la inteligencia. No me cabe la duda de que el espectáculo de la tauromaquia está finalmente condenado a desaparecer. Pero lo mismo tendrá que ocurrir primero con la pesca y con la caza deportivas, actividades del matar por matar –muy poco cuestionadas en el mundo “civilizado”– y que no necesariamente sacian hambres humanas y que ni alimentan arte ninguna. Es más, ojalá que un día los humanos no tengamos que matar animales para alimentarnos de ellos. Pero por el momento las cosas son como son, y nosotros somos los hijos de nuestro tiempo.

Es absurdo atribuirle a un animal las características humanas y proyectar en ellos los atributos tan abstractos como el honor, la elegancia y el derecho. Sin embargo, así como –también- a través de los milenios, y hasta en épocas recientes, se le atribuyeron a ciertas deidades unas características tan humanas como la pasión, el odio, la venganza y la ira, permítaseme por un caprichoso instante, en aras de una dialéctica entecona, dotar al toro de lidia –quizá el animal más hermoso y, por cierto, la imagen suma de la fuerza y la bravura- con el poder de decidir su destino. Si pudiera averiguarse su preferencia, ¿decidiría este animal ir a morir al matadero, electrocutado o a golpes, o ser castrado y llevar el yugo para arar la tierra hasta su muerte? ¿O sería su elección el morir como un gladiador armado, con el derecho de matar también, tras un cuarto de hora de lucha sangrienta? No lo sé, ni nadie nunca lo sabrá; pero, si en el reino bovino existiese la variedad de pareceres que nos caracteriza a la especie dominante, y siendo su destino final proveer de carne a los hombres, sospecho que la mayoría de los toros –especialmente los de lidia, nacidos y criados para luchar- irían por lo segundo.

Durante los años de nuestra juventud, cada temporada taurina mi hermano y yo esperábamos la

llegada de las cuadrillas a la plaza en las tardes de toros, y cómo nos envanecía que uno de los lidiadores, por más que vistiese la plata en lugar del oro, nos reconociera entre el gentío y nos llamara por nuestros nombres y que nos abrazara con afecto. También veíamos a Angel en casa del tío Amadeo Bresciani, quien, por mucho tiempo, fue el factótum de la actividad taurina en el país, en su condición de director de espectáculos de la Municipalidad del Rímac, pero, sobre todo, por su condición de ser –tal vez- la persona más entendida en los intríngulis de la fiesta brava en Lima

Muchos años nos separaron de Angel, hasta que una tarde de toros -ya maduros mi hermano y yo- nos lo encontramos en el tendido como un espectador más. Estaba viejo y flaco, y había tristeza en su expresión, la cual se tornó llanto franco cuando le preguntamos por Gladys : “No quiero hablar de ella”, nos dijo, y no insistimos al respecto.

Varias veces después lo vimos en la plaza, tocado con una cachucha y en silla de ruedas, y tenía esa
expresión de los que ya no andan por aquí. Una vez que nos acercamos no nos reconoció, pero así y todo le recordamos quiénes éramos y, otra vez, se puso a llorar. A partir de ahí decidimos no volver a perturbarle la vejez con unas memorias evidentemente dolorosas y nos limitábamos a verlo de lejos con el cariño de siempre. Más todavía, porque en la madurez comprendíamos mejor hasta qué punto había sido un hombre bueno con dos niños impertinentes y desconocidos.   Ignacio.


sábado, 18 de abril de 2020

NOCHE DE VERANO TAURINA en memoria a Don Miguel


Fotos; Cordoba Caro







Por; Miguel Delgado Victorio
martes, 8 de febrero de 2011




NOCHE DE VERANO TAURINA

Una noche de verano, en la puerta del hotel Roma en pleno Centro de Lima, el banderillero Alejandro Arrieta "El Tata" disfrutando de una amena charla con sus amigos el matador de toros Lima de Estepona, José de María Cruz "Pepe Cruz", Jorge Domingo Tapia "El Koki", el banderillero recientemente en retiro Rafael Montenegro "El Diablo", los periodistas Rafael Morán, Carlos Castillo A., Miguel Delgado Victorio y Don Jorge Arancivia R.



Nunca olvides que. . .
La felicidad te mantiene Dulce.
Los intentos te mantienen Fuerte.
Las penas te mantienen Humano.
Las caídas te mantienen Humilde.
El éxito te mantiene Brillante.
Pero solo Dios te mantiene andando








jueves, 16 de abril de 2020

EL BAUTISMO DE SANGRE DE JOSELITO EL GALLO







Por; Luis Muñoz Palomo

REFRANES O FRASES EN TAUROMAQUIA.

Los grandes toros, son los que llevan un cortijo en cada pitón.



EL BAUTISMO DE SANGRE DE JOSELITO EL GALLO.

El bautismo de sangre del menor de los hijos de la Seña Gabriela, se produjo el día 1 de Septiembre
del año 1912, en Bilbao, fue un novillo de Escribano Gama el que lo hirió en un brazo, y le dio una gran paliza. Conmovió a la afición en sus más hondos sentimientos. La figura ya gigantesca del joven ídolo adquirió extraordinario relieve con aquel accidente desgraciado. Porque si antes había expectación en el público por presenciar las faenas de Joselito El Gallo con verdaderos toros y al lado de matadores de categoría, después era más el sentimiento de volver a ver a la figura de aquel niño torero.
Es sabido que los toreros tienen dos etapas definitivas en su vida de torero, antes y después de la corná. Hay diestros que se crecen después del primer percance serio, y los hay por el contrario que les toman asco a los pitones de los toros, y antes se quedan ciegos que mirar al morrillo.
He aquí por qué causó grandísima expectación la nueva presentación de Joselito El Gallo. Porque el día de su alternativa tendría dos alicientes grandísimos para la afición:
Habérselas con toros formales y habérselas después del primer desgarrón de piel. Con esto y con el arte que supo en poco tiempo conquistar el torero sevillano a toda la afición, no era muy aventurado pronosticar que, el porvenir que se le presentaba pudiera ser muy bien hacer presencia con uno de sus más elegantes vestidos:
Por venir, Rosa y Oro. Rosa por las palmas, los sombreros, los tabacos y los billetitos perfumados que le quedaban por recibir; Oro por las peluconas que dentro de poco guardaría en sus arcas.
Su curación estuvo a cargo del notable Doctor Mascarell.
Y en la noche llegó a Madrid la Seña Gabriela madre de Los Gallos para cuidar al menor de sus hijos, no separándose ni un solo momento de la cabecera del enfermo.
Días después Joselito preguntó al Hermano mayor de la Esperanza:
Cuanto pueden costar unos varales de oro para mi Reina ? Joselito se fue al otro mundo con esa pena. Pudo comprarle en una joyería francesa las famosas mariquillas y tenía la intención de comprarle esos varales de oro, pero Bailaor en Talavera de la Reina evitó que el torero cumpliera su propósito.

En la fotografía derecha inferior, Joselito El Gallo recibe la alternativa de manos de su hermano Rafael.



EL PEOR MAL.

Más tuvo de alegre que de otra cosa el toreo que practicaba Francisco Herrera Rodríguez “ Curro Guillén.” Sus airosos galleos y sus ceñidos recortes eran cada vez más aplaudidos. Alcanzó fama insuperable en su época ( 1783- 1820 ) era el más solicitado de todos y a él pertenece la semblanza contenida en la décima siguiente:

Salta, bulle, juguetea,
lances raros improvisa,
que al entendido dan risa,
por ser cosa de capea.
Hay quien su toreo afea
por poco serio y formal,
más la masa en general,
jaleándole le obliga,
a que sus monadas siga
practicando por su mal.

Pero su peor mal fue la cornada que le ocasionó la muerte en la plaza de Ronda, el día 20 de Mayo del año 1820.




miércoles, 8 de abril de 2020

¨El Huracán de los Andes¨





POR AMOR AL ARTE entrevista con Karla Poggi 

Andres Roca Rey on la fuerza propia de un huracán, (@RocaRey)¨El  Huracán de los Andes¨ la primera vez que toreó fue a los tiernos siete años, despues de haber toreado en Lima Peru su patria natal debutó como novillero en España en el 2013. Con caballos en el 2014 en el pueblo francés de Captieux, luego toreó en importantes plazas como la de Arnedo y en otras plazas de Sudamérica, resaltando Colombia y un mano a mano con su compatriota Joaquín
Galdos en Acho (Perú). Su primera novillada del 2015 fue en Las Ventas, donde salió por la puerta grande cortándole una oreja a cada novillo. Posteriormente toreó en Sevilla, volvió a torear en Madrid y en San Isidro, triunfó en
Pamplona, abrió la puerta grande en Santander y en Bilbao, siendo el único novillero de todos los tiempos en lograr todos estos triunfos, en estas plazas, seguidamente y en una misma temporada. 1​12 Días antes de tomar la alternativa, sufrió una cornada en el muslo izquierdo y una fractura de metacarpiano de la mano izquierda, que le hizo perder algunas novilladas, pero no le impidió tomar la alternativa triunfal el 19 de septiembre en Nimes. En una entrevista de MUNDOTORO en el 2009 Andres dijo ¨me da más miedo defraudar al público que perder la vida¨



martes, 31 de marzo de 2020

ORIGEN DEL CALIFATO CORDOBÉS.

Foto; Rafael Jordano, durante su pregón taurino


El Califato taurino es la mayor aportación de Córdoba al toro
El pregón, dividido en cinco capítulos, arrancó con una especial mención a la tauromaquia como expresión de la cultura.
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Por;Luis Muñoz Palomo

REFRÁN TAURINO.

El toro que me corneó, a mejor prado me echó.




ORIGEN DEL CALIFATO CORDOBÉS.

El escritor y critico Taurino Aragonés Mariano de la Lavia, al calificar a Rafáel Molina Sánchez “
Lagartijo “ como el Califa del Toreo, estaba creando lo que sería el trofeo más apreciado para los toreros cordobeses; el Califato, la gran aportación de Córdoba a la historia de la Tauromaquia. Era el sinónimo de ser el primero en el escalafón de los toreros cordobeses.
El Califato puede definirse de la siguiente manera:
En primer lugar, hay que ser cordobés de nacimiento. Ostentar al menos en seis temporadas consecutivas, uno de los tres primeros puestos del escalafón de matadores de toros.
Conmocionar al mundo Taurino, marcando una pauta en el ejercicio de su profesión. Recibir el reconocimiento y respeto del público y en su trayectoria considerarle número uno y constituirse en el centro de atención popular. Pasear por las plazas de toros del mundo su origen cordobés, y por último, que su nombramiento de Califa responda a una aclamación de la mayoría de aficionados cordobeses.
La gran aportación de la ciudad de Córdoba a la historia de la Tauromaquia, ha sido El Califato.

Cinco son los Califas.

Rafael Molina Sánchez “ Lagartijo “
Rafael Guerra Bejarano “ Guerrita “
Rafael Gonzalez Madrid “ Machaquito “
Manuel Rodríguez Sánchez “ Manolete “ y
Manuel Benítez Perez “ El Cordobés “

No todos han cumplido los requisitos.

Tengo una anécdota sobre este tema. Hace unos años en el Círculo Taurino de Baeza, se celebraba una conferencia taurina a cargo del Taurino Paco Laguna sobre el tema de Manolete, en ruegos y preguntas, hubo quien le preguntó que cuántos eran los Califas cordobeses, su contestación fue cuatro, omitiendo a Machaquito. Pedí la palabra y dije que eran cinco incluyendo a Machaquito.
Este señor me dijo que si yo podía demostrarlo me daba todo lo que atesoraba de toros que es mucho. Se lo demostré con datos fehacientes, pelos y señales. Todos los asistentes lo reconocieron y aún estoy esperando que cumpla su palabra. Hay cada perla por este mundo.


JOSÉ GÓMEZ ORTEGA “ JOSELITO EL GALLO “ SENSIBLE AL FEMINISMO.

En cierta ocasión, respondía así Joselito a propósito de la mujer y su significación para el torero. Las mujeres me gustan más que nada; eso, por sabido, si yo no torease nada más que para hombres, ya me había cortado la coleta.
Algunas veces, en esas tardes fatales que tiene uno, cuando con las lágrimas saltadas se dejan los trastos de matar y se refugia uno en la barrera; al volver la cara al tendido, en medio de la hostilidad de los que te gritan, se tropiezan nuestros ojos con los ojos bonitos de una “ Gachi “ que, con la caricia de su mirada compasiva quiere consolarnos. A mi me ha ocurrido algunas veces eso, y entonces me he ido al toro, como un “ Jabato “ con el capote y animado por el color de los ojos de la desconocida, he
levantado al público haciendo todo lo que sabía y algo más. Mandan mucho “ Fluido “ unos ojos
gitanos de una bonita mujer en la barrera.