Tauromaquia, HISTORIA DE LAS CORRIDAS DE TOROS EN EL PERU

 


Las Bellas Mujeres de Acho


HISTORIA DE LAS CORRIDAS DE TOROS EN EL PERU

Hay que reconocer que las corridas de toros no es una tradición heredada del antiguo Imperio de los Incas, porque éstas se remontan desde los primeros años de la llegada de los conquistadores españoles a América, y por supuesto el ganado bovino fue traído por los colonos tras su llegada al Perú, éste ganado sirvió primero para alimentación de la población hispana y luego cuando se expandió por los campos se pudo seleccionar el ganado bravo. El escritor peruano Ricardo Palma en su libro “Tradiciones Peruanas” manifiesta que la primera corrida lidiada en Lima fue en 1538 en celebridad de la derrota de los Almagristas, de lo cual no hay una fuente de datos fidedigna, y la otra en cambio es que la primera corrida se dio el lunes 29 de marzo de 1540 por la consagración de óleos, de la cual también se da cuenta en libros narrativos e históricos del clero.

Los conquistadores españoles Francisco Pizarro, Diego de Almagro
y Hernando de Luque pisaron por primera vez tierra del vastísimo imperio, desembarcando efectuado en el norte del Perú a principios de 1532. Aprovechó Francisco Pizarro para sus fines de conquista, la lucha que sostenían los dos soberanos Huáscar y Atahualpa, hijos y herederos ambos del fallecido Inca Huayna Cápac. Muertos los dos reyes Incas avanzó Pizarro hacia la capital del Imperio Incaico en el Cuzco, consolidando poco después la conquista española.


Desde el primer momento surgieron desavenencias entre los capitanes españoles Pizarro, Almagro, Hernando, Juan y Gonzalo Pizarro, y Francisco de Carvajal. Duró este sombrío período de conquista hasta que poco a poco, y por unas causas u otras fueron muriendo los protagonistas del drama. En circunstancias tan adversas era normal que la fiesta española no enraizara como sucedió, ya que todo lo hicieron por el avasallamiento. Existieron muchas corridas de toros y de todo ello dio fe el escritor Inca Garcilaso de la Vega en sus crónicas de la famosa obra “Los Comentarios Reales”. Las corridas de toros debieron ser mínimas en los primeros años, pero después con el desarrollo ganadero fueron incrementándose.

Las constantes guerras entre los conquistadores concluyeron en el año del 1556, con la llegada del tercer Virrey don Andrés Hurtado de Mendoza, de quien se dice que fue un hombre prudente pero enérgico a la vez, por lo que pronto consiguió pacificar el virreinato condenando a unos, enviando a otros a España, en algunos casos embarcó en la dudosa aventura a “El Dorado” a los más ambiciosos. Era “El Dorado” el nombre que se le daba por aquellos años a una región en la Amazonía del Virreinato, la misma que cautivaba a ambiciosos que anhelaban riquezas, o aquellos revoltosos e inquietos españoles que restaban unidad a la corona española. El virrey Hurtado de Mendoza consignó estos hechos y fue fundamental para el establecimiento definitivo de las fiestas con corridas de los toros. El citado virrey escribió lo siguiente: “Los derechos que el Alguacil Mayor de esta ciudad había de llevar por la ocupación y trabajo las tendrá cuando se corran toros ..... y suplicamos ahora a Su Excelencia que de los toros que en esta ciudad corriesen en las fiestas ........ que el primer toro que se corriera de cada una de las dichas fiestas, sea y se dé al Alguacil Mayor de esta ciudad, atento a que él y sus alguaciles se ocupen mucho en el hacer y deshacer y guardar las talanqueras ......”, este texto figura en el libro “Historia Taurina del Perú” de José Emilio Calmell, publicado a mediados del siglo pasado. El Convictorio de San Carlos y la Facultad de San Fernando, actualmente esta facultad pertenece a la prestigiosa Universidad Nacional Mayor de San Marcos, obligaba en aquella época a que sus alumnos que se doctoraban (ósea obtenían la graduación profesional), tenían que costear una corrida de toros como agradecimiento a la corona española por su educación. Así se expresaba en su constitución: “Y más ha de ser obligado el que se doctorase a dar toros que se corran aquel día del grado en la plaza pública de esta ciudad”.


En la Plaza mayor de Lima el 27 de julio de 1622 se dio una corrida de toros para agasajar al nuevo virrey don Diego Fernández de Córdoba, Marqués de Guadalcázar. Y en septiembre del mismo año volvieron a correrse toros: “Se hicieron fiestas reales de toros y cañas, y se convidó al Virrey, Audiencia y Universidad para que las viesen en las casas de Cabildo, cuyas galerías estuvieron ricamente colgadas y se dio colación a todos sus concurrentes y sus mujeres. Salieron a caballo muchos caballeros ricamente vestidos a lo cortesano, con rejones en mano y llevando pajes de librea... En las ventanas, balcones, terrados y tablados de la plaza había gran concurso de gente y se jugaron veinte toros; los caballeros hicieron algunos lances y mostraron su bizarría”. En la época del mandato del Virrey Marqués de Guadalcázar se celebraban las fiestas más suntuosas que acaso se celebraron en Lima hasta entonces. Fue el motivo el regocijo por el nacimiento del príncipe Baltasar Carlos. La organización corrió a cargo de los gremios de la ciudad (confiteros, pulperos, sastres, zapateros, orfebres, herreros y comerciantes), que procuraron excederse en el rumbo y el acierto, pues a cada uno se le asignó un día de los siete que duraron las corridas. Comenzaron los confiteros y siguieron los pulperos, los sastres, los zapateros, los plateros, los herreros y los mercaderes. Por cierto, que en ellas tomó parte, y muy brillante, el tratadista taurino don Juan de Valencia que a la sazón se encontraba en el Perú, dejó bien sentado la cátedra de tauromaquia que practicaba con destreza, lo mismo que escribía en sus preceptos y ordenanzas. Su mayor éxito lo obtuvo en la última corrida, es decir, la de los mercaderes, en la que se hartó de hacer buenas suertes con los toros.

Será el nombre de Juan de Valencia quien seguramente inicie la historia taurina del Perú, porque debemos considerarle como el primer torero famoso que viajó del Perú a España, pues en las fiestas taurinas de la Corte éste diestro acreditó su competencia, siendo de los más famosos rejoneadores entre los nacidos entonces. Juan de Valencia había nacido en Lima en 1605 y pertenecía a una ilustre familia zamorana que presumía de linaje real, como descendientes del famoso infante don Juan Manuel. Razón por la que le llamarón “Juan de Valencia el del infante”. Nació el año de 1605, mismo año en el que nació Felipe IV quien fue autor de las “Reglas para torear y para poderlo errar”, pues don Juan como tantos autores de reglas de torear, unía la preceptiva a la práctica del rejoneo, toreó en la ‘Puerta del Sol’ en Madrid el miércoles 2 de octubre de 1641 con motivo de la Traslación de la imagen de Nuestra Señora del Buen Suceso. Escribió en su obra firmada en Madrid el 26 de octubre de 1639, habitar en la Villa y Corte a partir de los catorce años de edad.

Es imposible hablar de cuantas fiestas de toros se verificaron en la ciudad de Lima durante el virreinato. Sólo nos referiremos a las más importantes o a las que, desde el punto de vista taurómaco, hayan tenido alguna significación.

Durante los años 1659 y 1660 se realizaron diez “Corridas Reales”, que fueron corridas de toros por el nacimiento del príncipe Felipe, hijo del Rey Felipe IV. Como en España esas fiestas resultaban animadas y variadas, el virrey Conde de Alba de Liste, jugaba cañas; interviniendo caballeros rejoneadores; hubieron alcancías, fuegos, luminarias, pilas de vino, toros con artificio de fuego por la noche; lucha de moros y cristianos; lanzadas, volatín en una maroma; moharras, toro ensillado, máscara ridícula y figuras alusivas a diversos temas. En la última corrida con motivo del alumbramiento real, se echó un toro para los indios, montaron éstos en la plaza un castillo, al que rindieron tras un simulacro de lucha, y por último salieron dos indios a garrochar a los toros.

En años posteriores se verificaron corridas de toros: el 15 de


noviembre de 1667, con ocasión de la llegada del Virrey Conde de Lemos, al puerto del Callao, celebrándose una corrida en esta ciudad porteña el 24 de julio de 1668. Después otra en Lima por el nacimiento de un hijo de éste Virrey en la que se corrieron toros ensogados. El mismo virrey Conde de Lemos escribió la relación a las fiestas celebradas en la llamada Ciudad de los Reyes, que con ocasión de haber sido beatificada Rosa de Lima, ésta fue una de las siete corridas de toros que se dieron por aquellos años.

No todos los virreyes fueron amantes de las corridas. Tal fue el caso del Conde de Chinchón que en determinado momento trató de impedir la celebración de las corridas de toros, lo que dio lugar a que durante el virreinato del Marqués de Mancera, Su Majestad el Rey Felipe IV dictara una Real Cédula a favor de la celebración de las corridas de toros.

Por varios años las fiestas de toros se verificaron en la Plaza Mayor de Lima, cerrándose con talanqueras, tablados y barreras, en todo el contorno interior de dicha plaza, con lo que quedaban tapadas las ocho calles que de ella partían. Durante el gobierno del cuarto Virrey (1561-1564), don Diego López de Zúñiga, Conde de Nieva, se construyeron los arcos de esta plaza y se determinó que fueran anualmente cuatro las principales fiestas de toros, autorizando un gasto en colación de ciento cincuenta pesos para cada una de ellas. Habían de darse las corridas en: Pascua de Reyes, San Juan, Apóstol Santiago y Nuestra Señora de la Ascensión. Además, solían celebrarse corridas a la llegada de nuevo virrey, juramentación u conmemoración de monarcas, canonizaciones y con otros pretextos. Para las corridas de menos importancia o menos suntuosas, se habilitaban plazas o plazuelas que no eran la Mayor (o llamada la de Armas), entre las que figuraban: plazoleta de Santa Ana, plaza de la Inquisición, plazoleta del Cercado, plazuela de Cocharcas, plazoleta de Santo Domingo, etc.


Las fiestas de toros no entusiasmaban solamente en el Perú a los españoles, si no que al parecer, también los esclavos negros e indios dominados, gustaban de esta corridas, inicialmente como pasivos espectadores, y luego también como activos toreadores. En un concilio provincial, los prelados pidieron “que no se corran toros entre indios, ni por semejante ocasión les hagan poner las talanqueras sin pagarles, y haciéndoles perder la misa en día de fiesta ...”, según se describe en uno de los libros del cabildo de esa época que se guarda celosamente en la biblioteca de la Municipalidad de Lima.

En todo el siglo XVII son numerosísimas las fiestas de toros, pues la pasión no había disminuido, abundando mucho más los datos históricos. Fue en 1602 los dominicos organizan en la plazoleta de Santo Domingo una suntuosa corrida como término de los festejos con motivo de la canonización de San Raimundo de Peñafort. En ella tomaron parte muchos caballeros de la aristocracia limeña. El 8 de enero de 1670 hubo corrida de toros y cañas en Lima. El 27 del mismo mes cuatro caballeros clavaron rejones: don Luis de Sandoval dio un rejonazo, sacando malherido el caballo; don Manuel de Andrade puso dos rejones, despedazando al toro; don Diego Manrique atravesó el cuello del toro con un rejón, y don Cristóbal de Llanos mató tres astados, por lo que fue vitoreados.

El 13 de febrero de 1672 se corren toros ensogados; el 11 y 13 de agosto de 1674 se celebraron corridas en el puerto del Callao a la llegada del Virrey don Baltasar de la Cueva; el 6 de noviembre del mismo año, en celebración del cumpleaños de Carlos II, se organiza una corrida de toros en la Plaza Mayor de Lima. En 1682 el Virrey Duque de la Palata prohíbe “llevar toros a las cercas y plazuelas de los conventos de religiosas para correrlos”. El día 8 de diciembre de 1963 don Melchor Portocarrero, Conde de la Monclova y vigésimo tercer virrey del Perú, organiza una gran corrida en la Plaza Mayor de Lima para celebrar la reedificación del Cabildo, del Palacio y de los Portales de dicha Plaza Mayor, destruidos por el terremoto de 1687.

Ya con la llega del nuevo siglo la fiesta de toros en el Perú comenzó a tener un aspecto más formal, evolucionando hacia el predominio del torero de a pie, pues actuaron con mayor regularidad toreros profesionales, se dio comienzo a la edición de listines de los toros que saldrán en cada corrida, y los capeadores de a caballo, un modo de torear peculiar de éste lado del Reino de España, trabajaron en casi todas las funciones, sin olvidar a los rejoneadores profesionales que también figuran.

En octubre de 1701 se verificaron en Lima fastuosas fiestas de toros para celebrar la proclamación de Felipe V, en la primera de ellas aparece el primer listín o lista de los toros, antecedente del cartel, en el que se consignan los nombres de los astados, las pintas de éstos y las ganaderías de las cuales procedían, como ejemplo: “El Gallardete, overo, de Huando; El Invencible, retinto, de Bujama; y otros...”. Por el nacimiento del Príncipe de Asturias Luis Felipe, después Luis I, hubo en Lima Fiestas Reales con corridas de toros. Con motivo de sus bodas también se celebraron varias corridas: “la primera el 12 de abril, la segunda el 13, la tercera el 17 de abril, la cuarta el 19 de abril, la quinta el 21 de abril, de igual mes del año de gracia de 1723”. Y aún cuando en la relación titulada “Júbilos de Lima”, de Peralta y Barnuevo, las crónicas de ese entonces no aclaran demasiado, pareciera ser que hubieron más corridas de toros de esas cinco a las que se ha aludido. Y al año siguiente, también se corrieron toros por haber jurado don Luis como heredero de la Corona de España. Por aquellos años se festejaron con corridas dos canonizaciones: la de Santo Toribio Alfonso de Mogrovejo el 10 de diciembre de 1726 y la de San Francisco Solano el 27 de diciembre de 1726.

El 29 de julio de 1737 se jugaron veintidós toros en el pueblo de Surco (actualmente distrito de Lima Metropolitana). Al concluir el primer tercio del siglo XVIII eran abundantes los toreros que ejercían en el Perú esta profesión, actuando principalmente en corridas ordinarias y hasta en los pueblos más pequeños, aún cuando en las listas de toros, donde ya figuraban por esa época las divisas de las ganaderías, no aparecen, sin embargo los nombres de aquellos lidiadores empiezan a parecer en los listines taurinos. En el año de 1756 se levantó en Lima la primera plaza de toros, pero su construcción fue de madera, los productos de las corridas en ella verificadas estaban destinados a la reconstrucción del Hospital de San Lázaro destruido por el terremoto de 1746, plaza que había de ser también la primera en América hecha ex profesamente.

En la Plaza Mayor de Lima, y en 1760, se celebra una real fiesta de toros para festejar la elevación al trono de Carlos III. Dos años después en igual escenario, se organizan cuatro corridas como agasajo al nuevo Virrey don Manuel de Amat y Juniet quien fuera amante de la famosa Micaela Villegas “Miquita” ó más conocida como “La Perricholi”, de quien del virrey se enamoró perdidamente.

Durante el mandato de este virrey se construyó la plaza firme de Lima, estrenada aún sin concluir el 30 de enero de 1766. No por ello dejaron de jugarse toros en la Plaza Mayor, especialmente cuando se trataba de fiestas reales, y en diversas plazuelas, hasta en el teatro. Los limeños se sentaban en la plaza a las diez de la mañana para presenciar el encierro y no se levantaban hasta verlos lidiados, por la tarde, los veinte toros de que solía constar las corridas de aquella época, como en Sevilla, Valencia, Madrid o en cualquier ciudad española. En la temporada de 1780 ya figuraban en la Plaza de Toros de Lima o “Plaza de Acho” los nombres de los lidiadores siguientes:

Matadores: Manuel Romero, El Jerezano, y Antonio López, de Medina Sidonia.

Picadores y Rejoneadores: José Padilla, Faustino Estacio, José Ramón y Prudencio Rosales.

Capeadores de a caballo: José Lagos, Toribio Mújica, Alejo Pacheco y Bernardino Landaburu.

Tres suertes al menos eran privativas del toreo peruano del siglo XVIII, éstas eran: la suerte del puñal, la monta de toros al pelo y/o ensillados; y el capeo desde el caballo.

Por la exaltación al trono de Carlos IV se celebraron corridas de toros en la Plaza Mayor de Lima, como capital del Virreinato del Perú, y durante el año de 1790, varias corridas reales. En ellas intervinieron rejoneadores profesionales, capeadores, doce toreros de a pie (cuyos nombres no se consignan en el listín), dos desjarretadores. Las últimas corridas del siglo XVIII fueron: cinco fiestas reales en 1791 para agasajar al Virrey Fray Francisco Gil de Taboada, en la Plaza Mayor de Lima, con rejoneadores, capeadores y doce toreadores divididos en dos cuadrillas: una de las cuadrillas fue la de Miguel Utrilla y la otra la del peruano José Pizi. Las temporadas de 1792 a 1795 se desarrollaron normalmente en la Plaza de Acho. Al siguiente año de 1796 hubo cinco corridas reales en la Plaza Mayor de Lima para recibir al nuevo Virrey Marqués de Osorno, en las que intervinieron capeadores de a caballo, rejoneadores y matadores, banderilleros y picadores europeos, y doce toreadores del país, cuyos nombres no figuran en el cartel.

Tres corridas extraordinarias más fueron las que presenciaron los limeños en su Plaza Mayor (o también llamada Plaza de Armas) el año de 1797, organizadas para reunir recursos con que terminar las torres de la catedral. Ese mismo año la temporada continuó normalmente en la Plaza de Acho, donde desde algunos años atrás se acostumbraba echar un toro para ser lidiado por aficionados bisoños, algunos de los cuales se harían toreros profesionales.

El siglo XIX comenzó en la Plaza de Acho con la consabida temporada de diciembre a enero (1800 - 1801). Figuraron como toreros cuatro capeadores de a caballo, dos rejoneadores, dos banderilleros europeos, tres matadores con espada, cinco matadores con puñal y banderilleros, dos capeadores de a pie y dos desjarretadores, innominados. Siguen figurando en los programas la lanzada, parlampanes (individuos mojigangeros), perros; además el nombre, procedencia, pinta y divisa de los toros, más un astado para muchachos noveles. Las sucesivas temporadas en la Plaza de Acho se desarrollaron normalmente a lo largo de diciembre de 1806 y organizadas por el ayuntamiento limeño, efectuándose cinco corridas de toros en la Plaza Mayor de Lima para festejar el recibimiento del Virrey don José Fernando de Abascal. Cuatro corridas más, todas ellas extraordinarias, se verificaron en enero de 1807, y dos corridas extraordinarias también, los días 3 y 9 de febrero siendo estas las últimas que se efectuarían en la Plaza Mayor de Lima. En adelante se celebraron únicamente en la plaza firme de Lima (Plaza de Acho), por cierto con muy buenos rendimientos para sufragar a las necesidades económicas que las luchas por la emancipación exigían.

Proclamada la Independencia del Perú el 28 de julio de 1821 continuaron las corridas, aunque con toreros del país y algunos toreros mexicanos, haciéndose una sola excepción con el diestro gaditano Vicente Tirado, que durante el virreinato ya contaba con muchas simpatías, y que siguió actuando hasta 1836 en que fallece. Con la Independencia del Perú no quedó torero español alguno en el país, excepto Vicente Tirado. Como consecuencia de tal acontecimiento, las suertes de pica y banderillas desaparecieron temporalmente, quedando para quebrantar a los toros el capeo a caballo, tradicional modo del toreo nacional, ejecutándose la llamada “Suerte Nacional”.

El 7 de enero de 1849 se presentó en Lima la primera cuadrilla de toreros españoles. Con esta cuadrilla resucitó en el Perú las suertes de pica y banderillas. Y a partir de ese año ya se hace más frecuente la visita de toreros hispanos. El primer matador de cierto relieve que pisa el albero de la Plaza de Toros de Acho es Gaspar Díaz “Lavi”, diestro español. Se presentó el 16 de noviembre de 1851. Y en 1856 se estrenó en Lima José Lara “Chicorro” quien actúo hasta el año de 1885. Como matador efectúo su presentación en Lima en 1859, el nacional Ángel Valdez “El Maestro”. Este valeroso diestro ejercía la profesión con el aplauso y la admiración de todos hasta el 19 de septiembre de 1909.

En 1869 se presentaron en Lima los diestros españoles Vicente García “Villaverde” y Francisco Sánchez “Frascuelo”; en 1870, Manuel Hermosilla y Francisco Díaz “Paco de Oro”. Ese mismo año se hizo empresario de la Plaza de Acho el acaudalado limeño don Manuel Miranda. Llevando a cabo en ella una profunda reforma. Mientras las obras se efectuaban, viajó a España para contratar toreros y adquirir toros. En efecto compró seis toros y doce vacas de Veragua, seis astados de Miura, seis de Colmenar, doce de Mazpule y seis de Navarra. Como tenía el propósito de fundar una ganadería brava, adquiere la finca de Cieneguilla, en el valle de Pachacámac. Traslada a ella un semental y más de cien vacas compradas a la acreditada ganadería del país “Rinconada de Mala” y otras hembras de diferentes ganaderos peruanos. Este ganado desapareció años después en la guerra sostenida entre Perú y Chile.

En el transcurso del siglo XIX las corridas sufrían una seria transformación hasta ejecutarse totalmente como en España, pues desaparecen los “capeadores de a caballo”, imponiéndose los picadores. Decir que casi todos los toreros españoles han toreado en Lima parece una exageración; sin embargo, no lo es. Desde 1871 han toreado en la Plaza de Acho entre otros famoso: Julián Casas “El Salamanquino”, Gonzalo Mora, Cúchares de Córdoba, Gerardo Caballero, Ángel Fernández “Valdemoro”, José Ponce, Ángel Pastor, Cacheta, Rebujina, José Machío, Cayetano Leal “Pepe-Hillo”; en 1891 torearon “Cuatro Dedos”, que gusta muchísimo por la maestría con que ejecuta las suertes. Al año siguiente regresó “Cuatro Dedos” al Perú llevando consigo cuatro sementales de Miura, dos de los cuales consiguió vender a los ganaderos don Vasco Fernández y a don Federico Calmet. Hasta la conclusión del siglo pisan todavía el ruedo de la Plaza de Acho algunos banderilleros y espadas españoles. Entre estos últimos: Manuel Nieto “Gorete”, José Villegas “Potoco”, José Pascual “Valenciano”, Juan Antonio Cervera, Francisco González “Faíco” y Antonio Escobar “El Boto”.

En 1901 se presentaron en Lima los diestros Francisco Bonal “Bonarillo” y “Capita”, ese mismo año llega nuevamente de España el picador “Faíco” con cuatro sementales españoles, que adquieren ganaderos peruanos. El 22 de febrero de 1902 torea Ángel Valdez “El Maestro” su penúltima corrida, pues por enfermedad no vuelve a lidiar hasta 1909, en que se retira. En la cuadrilla de Manuel Molina “Algabeño Chico” hizo su presentación en Lima un 13 de abril de 1902 el famoso piquero madrileño Manuel Martínez “Agujetas”, a quien se debe definitivamente la implantación en el Perú de la suerte de varas. Más presentaciones como las de Antonio Olmedo “Valentín” y Ángel García “Padilla”. En el año de 1903 se presentó Juan Sal “Saleri”, en 1904 “Guerrerito”, en 1905 Vicente Pastor, en 1906 “Lagartijillo”, José Machío Trigo, “Lagartijillo Chico”, en 1907 “Cocherito de Bilbao”, y en 1909 “Platerito”. Es necesario destacar que el domingo 19 de septiembre de 1909 se despidió en Lima, el matador peruano Ángel Valdez “El Maestro” matando de una magnífica estocada un toro de seis años que no había sido picado. Contaba a la sazón setenta años de edad, no andaba muy bien de salud y cumplía cincuenta años como lidiador. Falleció el 24 de diciembre de 1911.

Los diestros que por sus actuaciones destacaron en los años siguientes fueron: Agustín García “Malla”, Rodolfo Gaona, José Ignacio Sánchez, José Gárate “Limeño”, José Gómez Ortega “Gallito” o “Joselito” y Juan Belmonte. En 1918 se jugaron por primera vez toros del cruce español de Veragua con vacas de “El Olivar”, de propiedad de don Manuel Celso Vásquez. En la temporada de 1919 –1920 toreó el diestro José Gómez Ortega “Joselito” ó “Gallito” en varias tardes. También actúo en Acho “Chicuelo” en la temporada de 1921 – 1922. Sin embargo fue Rafael Gómez “El Gallo” quien obtuvo grandeséxitos de clamor. Marcial Lalanda (1927 – 1928) demostró cuanto valía; Antonio Cañero quedó muy bien a caballo y a pie (1929 – 1930); el venezolano Julio Mendoza toreó entre grandes aplausos en el año de 1934, el rondeño El Niño de la Palma también gustó allá por la temporada de 1934 – 1935.

En el año de 1944 un grupo de aficionados limeños entre los que destacan Fernando Graña Elizalde, Alejandro Graña Garland, José Antonio Roca Rey deciden tomar en arriendo la Plaza de Acho a través de la Sociedad Explotadora de Acho por 20 años, con la condición puntual de remodelar la Plaza de Toros de Lima (Plaza de Acho) aumentando su capacidad de seis mil setecientos a trece mil trescientos. Se hicieron excavaciones para ahondar el ruedo y elevar la plaza con la finalidad de dotarla de mayor capacidad. Fue en el año de 1946 que gracias a la campaña periodística del crítico taurino del diario “El Comercio” de nombre Fausto Gastañeta “Que se vaya” y también la gestión continuada de su sucesor, el también crítico taurino Manuel Solari Swayne “Zeñó Manué”, se crea la importante Feria del Señor de los Milagros, que hasta la fecha existe, y que desde entonces han pasado por Lima, las principales figuras de la coletería mundial, así como también las más prestigiosas ganaderías del planeta taurino. Dando por descontado el éxito de los torero peruanos y del ganado nacional.

Fuente; Dikey Fernandez

https://dikeyfernandez.es.tl/

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Cesar Giron

Article from: Memoria de Arena

Capítulo 6. El Diamante Negro,...

César Girón

El debut de César en la Real Maestranza de Sevilla preocupaba mucho a Fernando Gago, su apoderado. Entendía en toda su dimensión el significado de esa tarde en la vida de un torero. El 27 de abril estaba marcado como la fecha del cartel de la temporada, con toros de Juan Cobaleda y de Salvador Guardiola. Era la tarde de la reaparición de Manolo Vázquez, un sevillano adoptado por Madrid que le envolvió en el perfume de sus éxitos en Las Ventas, y más tarde reconocido por la dura afición de las ferias del Norte de España, en México, Lima, Maracay, en toda América. El tercer hombre del cartel era Pedro Martínez, “Pedrés”. La novedad ante la que se santiguaba la afición de España, rendida por el valor del torero de Albacete. Lo llamaban “torero de las cercanías”, por lo cerca que se pasaba los pitones de los toros. Era la tauromaquia hecha realidad a dos centímetros de los pitones, del valor seco y desgarrado el de Pedrés, los que lacran las agrestes tierras albaceteñas.

Todas estas circunstancias que rodeaban a los rivales de César, las consideraba Fernando Gago. El apoderado no lograba sentarse en la habitación del Hotel Colón, caminaba, iba de un lado a otro, encendía un cigarrillo detrás de otro, se asomaba a la ventana, preguntaba por el aire, si hacía viento, si estaba el cielo despejado…Hasta que César Girón enojado le dijo: – ¡Cálmese usted don Fernando, que me tiene nervioso! …

Nervioso me tienes tú con tanta tranquilidad, ¿Cómo que no te has enterado lo que tenemos por delante? – ¡Él que todavía no se entera quién es César Girón es usted, don Fernando! Manolo Vázquez y Pedro Martínez se fueron “de vacío”, como se reseña en el periodismo taurino moderno, cuando no se cortan las orejas. César Girón le cortó las dos orejas y un rabo a un toro. Al día siguiente el caraqueño repitió la hazaña, y cortando dos rabos en una misma Feria de Abril de Sevilla se convirtió en el único torero en lograrlo en la historia. Único fue César en cortar una pata en Acho, como de figurón del toreo fue su apoteosis en la Monumental Plaza México la tarde de la Corrida de la Prensa que cortó cuatro orejas y un rabo. Su paso por la Santamaría de Bogotá, cuatro orejas, dos rabos y una pata, o por Córdoba, cuando se apoderó gracias a la apoteosis en el ganador del Trofeo Manolete al cortar la única pata en la historia de la cuna de los Califas del Toreo, suman estos hechos valores para considerar a César Girón como la gran figura del toreo americano en la Historia de la Fiesta.

A principios de 1955, Caracas vivía con intensa pasión la fiebre del beisbol. En el Universitario de Caracas se disputaba la Serie del Caribe, un evento de gran trascendencia para la afición a la pelota como la que tiene Venezuela. En el año de 1954, se vivió un fin de año con epílogo taurino muy venezolano con el agarrón de los tres ases nacionales anunciados en la Maestranza de Maracay: Luis Sánchez Olivares, “El Diamante Negro”, Joselito Torres y César Girón, con una corrida de Guayabita. Aquella tarde se vivió en La Maestranza de Maracay una auténtica fiesta nacional. En la plaza no cabía un alfiler. Tarde espléndida, de sol e intenso calor...Y al final, la puerta grande abierta de par en par, para que el “El Diamante Negro” y César Girón salieran, a hombros de eufóricos aficionados, por las calles de la Ciudad Jardín, mientras los médicos operaban en la enfermería de la plaza a Joselito Torres con el muslo abierto por una cornada que encontró en el camino para no dejarse ganar la pelea. Girón cortó aquella tarde dos orejas y un rabo. Confirmaba que no tenía rival. Viendo los acontecimientos reflejados en el retrovisor de la historia, sentimos añoranza del sentido de nacionalidad que por aquellos días tenían los venezolanos. La euforia gironista que vivíamos los venezolanos provocó la celebración de dos corridas para Girón en el Nuevo Circo con el valiente albaceteño Chicuelo II y el catalán Carlos Corpas.

El de César Girón era el nombre obligado en todos los carteles que se organizaban en Venezuela y en el ambiente estaba su reaparición en Maracay al lado de Antonio Ordóñez, con toros de Rancho Seco, luego de “la tarde de la pata”. La corrida estaba anunciada para el 26 de febrero; y, mientras llegaba la fecha, Girón hacía vida social en Caracas, porque en los ágapes importantes era un lujo tener como invitado al venezolano conquistador de España. Aquel año de 1954 conocí a César Girón. Contaba yo apenas con 14 años de edad, él había cumplido los 22 y era reconocida figura del toreo en España. Llevaba sobre el ojo izquierdo un esparadrapo, que le cubría la herida causada por un toro de Guayabita en Maracay, la tarde que toreó con Carlos Corpas y El Diamante Negro, una de las tardes que salió a hombros, junto a Luis, luego de cortar otro rabo.

Para que nuestros lectores se den cuenta de lo que vivíamos los venezolanos en relación a la identificación que sentíamos hacia nuestros valores, vale la anécdota aquella de cuando José Antonio Borges Villegas, empresario del Parque de Atracciones Coney Island de Los Palos Grandes de Caracas, reunió a cinco personajes, ídolos del deporte, la canción, la música, la belleza y los toros, aquellos venezolanos que por su talento y éxitos se consideraron entre los mejores del mundo, cada uno en su oficio. A finales de aquel año de 1955 el empresario Borges Villegas, quien en 1966 fundó en Barcelona, Catalunya, el mundialmente famoso Parque de Atracciones de Montjuic, organizó un homenaje a cinco venezolanos que destacaron en el mundo: reunió a Susana Duijm, Miss Venezuela, la primera latinoamericana en ganar el concurso internacional “Miss Mundo” en 1955 y semifinalista en el Miss Universo 1955 en Long Beach, California, Estados Unidos; Alfredo Sadel que con sus giras, presentaciones en Nueva York y el Caribe, y la grabación Mi Canción, primer disco de doce pulgadas de larga duración en la discografía latinoamericana con el sello RCA Víctor, era ídolo nacional. A pesar de su manifiesta oposición al régimen militar fue condecorado por Marcos Pérez Jiménez, y compartió su carrera como cantante con la actividad sindical, promoviendo en 1947 la fundación de la Asociación Venezolana de Artistas de la Escena. Con ellos “El Chico” Carrasquel, Alfonso, primer latinoamericano en participar en un All Stars Game de la MLB, y el Maestro Aldemaro Romero que en el 1955 grabó el larga duración Dinner in Caracas, realizado con músicos estadounidenses en formato monoaural, en momentos en que la estereofonía y la grabación multipista aún no hacían su aparición formal. Con este álbum superó los registros de venta hasta entonces conocidos en el mercado discográfico de América del Sur. Aldemaro concluye esta serie en 1956, con Dinner

In Colombia, grabado en los estudios de RCA Víctor Mexicana.

Al concluir el homenaje en el Coney Island de Los Palos Grandes, Girón invitó a sus destacados compañeros aquella noche al restaurante Montmatre de Baruta. De moda el sitio, estrechas las calles baruteñas, no había sitio dónde aparcar el coche por lo que Girón, que conducía un amplio Buick Roadmaster, estacionó en sitio prohibido. No habían desalojado el carro Susana, Aldemaro, Sadel y Carrasquel cuando se les acercó un policía de tránsito, reclamándole a Girón que debía estacionar en otra parte. César, con esa guasa caraqueña que siempre la caracterizó le dijo al policía: “Mira vale, ¿sabes con quien estás hablando? Este señor, Alfonso Carrasquel, es el mejor shortstop del mundo. La señorita Susana, ‘La mujer más bella del Mundo’. Aldemaro Romero, el mejor director de orquesta, del mundo. Y Sadel, hermano, el mejor cantante del mundo. ¿Qué te parece?”. Y dio la espalda y se marchó detrás de sus famosos compañeros. Al terminar la velada la gran sorpresa: una boleta con la multa por estar mal estacionado, firmada por Rodolfo Guerra, “el mejor policía de tránsito del mundo”. César Girón un año antes había triunfado en la Feria de Sevilla cortando dos rabos en menos de 48 horas. Hazaña aún no igualada por otro espada en la historia. En la Feria de San Isidro del año 1955, ya convertido en figura indiscutible del toreo intervino en cuatro tardes en el Abono de Madrid, confirmando su alternativa apadrinado por Antonio Bienvenida y de testigo, Pedro Martínez “Pedrés”. Salió victorioso por la puerta grande en las dos últimas corridas, al cortar dos orejas en cada una de ellas. En la temporada siguiente, toreó nuevamente cuatro corridas, logrando cortar solamente una oreja, pero vuelve a salir por la puerta grande el 25 de mayo del San Isidro 1958. Saldría hasta siete veces por la Puerta Grande de Madrid.

Era ya figura del toreo, y no había ido a Madrid como matador de toros, aunque La Maestranza de Sevilla le había consagrado. La alternativa la tomó en Barcelona a los 19 años de edad, en septiembre de 1952, de manos de Carlos Arruza con toros de Urquijo. Arruza fue un espejo en su vida. César admiró tanto al mexicano que le imitaba en todo. Es conocido que cuando Arruza y Manolete actuaron en Maracay, César vendía guarapo de piña en la plaza de toros. Guarapo hecho por su padre, don Carlos Girón, y que el muchacho vendía para poder ver la corrida de toros. A César le importaba un pepino Manolete, el que le llamaba la atención era Arruza, que se vestía en el Hotel Jardín. Girón después de una de las corridas que presentó Andrés Gago en Maracay,


se metió escondido por las habitaciones del hotel e intentó robarle el traje al “Ciclón”. Metió un palo con un gancho por una ventana y fue descubierto en pleno hurto; y a pesar del regaño que le dieron, le obsequiaron una prenda de vestir, una camisa, propiedad del maestro.

Más tarde en Barcelona Carlos Arruza sería el padrino de la alternativa del caraqueño, cuando reapareció en la Ciudad Condal en la temporada barcelonesa de la Feria de la Merced que don Pedro Balañá organizó en honor al mexicano. Arruza fue el primer torero en la historia en cobrar cien mil pesetas. Lo hizo por cada una de las dos corridas que toreó en la plaza de don Pedro Balañá, una de ellas la alternativa de César Girón. El traje que vistió esa tarde fue un regalo de Arruza.

César ha sido la gran figura del toreo americano. Pocos como él saltaron tantos rubicones, sortearon tantas adversidades y se impusieron a tantos problemas. Problemas de raza en una España y en una América (Lima, Colombia, México y Venezuela incluida) que no creían en que los venezolanos podían ser toreros.

César nunca perdió su manera de hablar. Caraqueñísimo en sus expresiones y modales, nació en la Roca Tarpeya, barriada de la parroquia Santa Rosalía de Caracas, el 13 de junio de 1933. A principio del año treinta, la Roca Tarpeya era una colina rocosa a las afueras de Caracas, que desde lo alto observaba gran parte de la pequeña ciudad. Se admiraba el desarrollo de El Paraíso, la Avenida Páez, se podía ver Caño Amarillo, con sus puentes y construcciones adornadas con los herrajes de las fundaciones belgas. El Paraíso y Caño Amarillo eran los desarrollos urbanísticos más atrevidos de la ciudad. También se veía San Juan, barrio bravo, orillero y pendenciero, cuna de boxeadores y del gran torero caraqueño Julio Mendoza, rival de “Rubito” y bandera de los aficionados del tendido de sol. Caracas fue por muy breve tiempo el hogar de la familia Girón-Díaz, y cuando César había cumplido los ocho meses de nacido, sus padres, don Carlos y la señora Esperanza le trasladaron a Valencia, junto a los hermanos mayores de Yolanda y Carlos. Más tarde, al poco tiempo, volverían a mudarse a Maracay, el verdadero terruño. Allí se hizo hombre y torero. Antes quiso ser pelotero, ciclista y boxeador.

En el ring lo llamaban “La Vieja”, por su cara de abuelo precoz, pero los contundentes puños de Juan Canelón le quitaron la vocación de pugilista; y como pelotero, la verdad es que en aquel Maracay del final del decenio del cuarenta era muy difícil que se dieran cuenta si había, 139 o no, un buen prospecto. Todavía no era hora para David Concepción, los Tigres de Aragua y Miguel Cabrera.

En casa, en el rancho de sus padres, ayudaba a don Carlos en trabajos mecánicos. Simples y sencillas labores, como la de limpiar de grasa los instrumentos, o vaciar los tobos llenos de kerosene y aceite quemado. Una madrugada, un incendio acabó con el rancho y las escasas pertenencias de los Girón. El fuego fue causado por auto combustión de grasas y aceites dispersos por doquier en el improvisado taller paterno. César, sin pensarlo dos veces, se jugó la vida en serio para sacar a sus hermanitos de entre las llamas. De aquel acto heroico le quedarían marcas para el resto de sus días. Cicatrices en las manos, en aquellas manos de largos dedos y avellanadas uñas, por lo que le llamarían “Manoquemá”. La primera actuación de Girón en un ruedo fue cuando se lanzó espontáneamente en la plaza de Maracay, a un muchachito mexicano llamado “Licho” Muñoz, que actuaba en la Cuadrilla Juvenil de Toreros Mexicanos, que visitaba Maracay. César me diría un día en una entrevista que ver a Muñoz tan chiquitico y flaquito le había animado. –Si ese carricito puede hacerle esas cosas al toro ¿porqué yo no? Más tarde, Licho se convirtió en un destacado hombre de empresa taurina, como funcionario de la gigantesca Demsa (Diversiones y Espectáculos de México) que ha llegado a manejar más de cuarenta plazas de toros.

Fue Maracay donde hizo su debut formal como novillero con el español Paco Roldán y con Moreno Sánchez, el 29 de enero de 1951. La campaña de novillero de César, en Venezuela, fue muy breve, pues como siempre han sido muy pocas las oportunidades que le brindan las empresas a aquellos que quieren comenzar. Se limitó su área de actuación a las plazas de Arenas de Valencia, Maracay y Nuevo Circo de Caracas, ya al final y para consagrarse. César tuvo por maestro al “Torero de Aragua” Pedro Pineda. Pineda había toreado en Colombia y Perú, y eso lo hacía el más experimentado y versado de los toreros venezolanos que conocía la gente de Maracay. La carrera de Pedro fue breve y la realizó por plazas de los llanos y de los andes y, más tarde se dedicó a enseñar a los muchachos. De allí lo bien ganado de “maestro”. Tenía una cartilla, y al parecer esta le dio sus frutos. Fueron muchos los muchachos que salieron de su escuela en Maracay, y el alumno favorito de Pedro Pineda no era César Girón, era Ramón Moreno Sánchez. Un catirito de tez clara y modales muy finos para el que Pineda guardaba siempre los mejores becerros, los novillos mejor hechos, los consejos oportunos. Para él toda su atención.

Un domingo, Pineda organizó una becerrada. César Girón y Moreno Sánchez, al igual que los otros aspirantes salieron por las calles de Maracay a pegar propaganda y a repartir preventivos, que era la condición para poder torear. Al final de la jornada, César reclamó su paga, la que, según oferta hecha por Pineda, era de dos bolívares. El maestro, en vez de darle la moneda a Girón, le dio un par de alpargatas, que tenían un valor superior a los dos bolívares. –Para que no andes descalzo.

César, muy molesto, le reclamó: –Mire, Pineda, no sea bolsa y deme mis dos bolívares.

Le dieron la peseta de a dos bolívares y le quitaron las alpargatas.

Gracias a la marcada preferencia que manifestaba Pedro Pineda por Moreno Sánchez nació una gran rivalidad que se prolongó hasta el primero de enero de 1950, cuando se presentaron mano a mano Girón y Moreno en Caracas. Un novillo hirió a Moreno Sánchez y César Girón se alzó con un triunfo descomunal al matar los seis astados de seis estocadas y dos pinchazos. La euforia fue impresionante. Revisteros y aficionados juraban que habían descubierto una gran figura. Tuvo César la suerte de que se organizaba en Caracas una temporada con matadores de toros, estaban taurinos destacados y actuaba como banderillero el malagueño Fernando Gago, hermano de Andrés, descubridor y “hacedor” del Ciclón mexicano Carlos Arruza. Fernando Gago había oído hablar de Girón por voz del gran aficionado y honesto empresario Juan Vicente Ladera y por el banderillero andaluz Manuel Vilchez “Parrita” que vivía en Caracas desde que abandonó España a raíz del estallido de la Guerra Civil.

Fernando Gago vio no sólo la hazaña del principiante, sino que cató su valor, decisión y clara disposición de ser torero al quedarse sólo con la corrida, en la plaza más importante de su tierra. De inmediato se puso en contacto con César Perdomo Girón, primo hermano y representante de la familia. El que, al fin y al cabo, decidía. Perdomo le entregó a Fernando Gago la mitad del dinero para el pasaje y los cinco bolívares para las estampillas del pasaporte. Girón no tenía ni un bolívar.

César Perdomo daba sus primeros pasos en la política, cobijado bajo la tolda Social Cristiana o partido Copei con “El Negro” José Antonio Pérez Díaz, Edecio La Riva Araujo y el doctor Rafael Caldera, que, además de ser entusiasta taurino, se convertiría en gironista hueso colorado y un decidido impulsor de la fiesta de los toros en Venezuela cuando llegara a la Presidencia de la República en 1968.

Girón llegó a Madrid el 4 de abril de 1951 con sesenta dólares, una maleta de cartón, atada con un mecate, una máquina de escribir, una espada, un pantalón y una camisa. La maleta iba llena de ilusiones, esperanzas y mucha ambición. Se hospedó en la Pensión Filo, ubicada en un edifico muy cerca de la plaza de Santa Ana, en el segundo piso del Villa Rosa, la famosa sala de fiestas cuyas paredes exteriores están adornadas con azulejos de bucólicos motivos.

Era el Villa Rosa la sala de fiestas donde los toreros festejaban con grandeza, tronío y mucha marcha los triunfos de Madrid. Aquellos éxitos y apoteosis que prometían las llaves del mundo. Era un Madrid de edificios ocres y de calles estrechas, callejuelas azotadas por los vientos primaverales que llegaban trenzados con frías brisas del Guadarrama, haciendo de la soledad algo extraño e inmenso.

Desde la pensión se llegaba andando por Alcalá a la plaza de toros de Las Ventas. Mole ocre e inmensa, de ladrillos que se doraban con la puesta de sol al atardecer. La plaza más importante del mundo que esperaba para convertir a César Girón en un héroe de la Fiesta de los Toros, ya que el caraqueño abriría en siete oportunidades su Puerta Grande.

Allá en el ruedo de la Monumental de Las Ventas, jugaban al toro unos muchachos que querían ser toreros. Uno era el cuñado del conserje, Paco Parejo y con cara de gamberro, delgaducho y débil, Antonio Chenel “Antoñete”. Con Antonio César Girón hizo de toro, hizo de torero, y conectó una entrañable amistad.

El venezolano, desde el primer día, fue bautizado como “El chico del jersey”. Era un jersey, un suéter, su única prenda de vestir contra el intenso frío invernal madrileño. La pensión Filo estaba a escasos pasos del Hotel Victoria, que había sido el cuartel general de Manuel Rodríguez “Manolete” y de don José Flores “Camará”, cuando el califa cordobés en sus días de grandeza toreaba en Madrid.

A los pocos días de estar en España, Fernando Gago llevó a César a Sevilla. Se celebraba la Feria de Abril y don Fernando quería que César viviera el taurinismo sevillano. En La Maestranza le encerró un toro que había sido rechazado por defectuoso en alguna corrida, y ante algunos periodistas y aficionados hizo César Girón su entrada en España. La impresión fue intrascendente. Apenas concluida la temporada en Sevilla Gago siguió su camino como torero subalterno en las cuadrillas de las figuras del toreo como buen torero subalterno. Girón volvió a Madrid sin que sepamos otra cosa de él, más que su actuación en la placita de Miranda de Ebro (Burgos) el 13 de mayo de 1951.

Se convertiría César Girón en una cuña metida en el retablo del toreo español. Cuña de olorosa y exótica madera del Caribe, de perfume envolvente que impregnó el vacío que habían dejado Rodolfo Gaona, Fermín Espinosa “Armillita Chico” y Carlos Arruza. Todo se coció con el hilo del toreo al que se refiere el maestro Pepe Alameda, que con el zurcido de ese hilo los toreros americanos han izado una bandera que surge igual en una playa en la que rebotan las espumas del Mar Caribe, o en las cimas de los picos y volcanes andinos y en las inmensas mesetas y profundos valles del México Azteca. Girón nació de Arruza y ocuparía su vacío, cuando Carlos le diera, más adelante en el tiempo, el abrazo doctoral en Barcelona.

Girón vio a Arruza y este le encantó al extremo que como torero, a pesar de haberle visto junto a Manolete en el ruedo de Maracay, fue Carlos Arruza quien le serviría de ejemplo en su vida como torero y persona.

Salamanca fue la tercera estación en su “viacrucis” inicial: Pensión Barragué. Veinticinco pesetas diarias con derecho a dos platos de lentejas: uno a medio día y otro para la cena. Los domingos, por ser domingo, garbanzos con las lentejas. Antes de coger carretera a Salamanca pasó unos días en Madrid, en una pensión de la calle General Pardiñas, número 22, a cincuenta pesetas diarias con derecho a comida.

Le echaron de la pensión porque comía mucho pan. La dueña del hospedaje le decía: ‘‘Hombre, coma usted carne en vez de comer tanto pan”. Pero Girón se hartaba de ese pan tan grueso, rico, crujiente y sabroso que es el pan español. Era 1951 un año de mucha escasez de 143 trigo. No había pan y no lo hubo hasta que el general Juan Domingo Perón, Presidente de la República Argentina, llenó barcos de trigo americano para quitarle el hambre de pan a España. Hambre provocada por el boicot de los norteamericanos y de los países europeos a raíz de la II Guerra Mundial. Un hambre parecida, tan cruel e injusta, que pagaría el pueblo español como la que más adelante por un boicot de los mismos protagonistas iba a sufrir el pueblo de Cuba. España le daría la mano a la Perla de las Antillas, a La Habana, que había sido durante la colonia la lentejuela más brillante en el capote del Caribe. El arma del boicot continúa sus estragos.

Ni un tentadero. En Salamanca mucho frío y mucha hambre. Termina la temporada con siete mil pesetas en la bolsa, ahorradas de las 19 novilladas que toreó. Invirtió cuatro mil quinientas pesetas en un vestido de torear y las restantes dos mil quinientas, en pasar el crudo invierno salmantino.

Su vestuario consistía en una camisa gris a rayas, que lavaba todas las noches y ponía sobre el radiador, cuando había calefacción, para que se secara. Llegó a ser tan difícil su situación, que casi lo echan del país por indocumentado, porque Girón no tenía las siete pesetas que necesitaba para los timbres fiscales e impuestos que legalizaban su situación de extranjero. Afortunadamente surgió al quite Marcelo Romero, un banderillero que luego formaría parte de la cuadrilla de Efraín Girón, y le regaló ¡siete pesetas! que César Girón necesitaba para poner en regla sus documentos.

Fernando Gago, que vivía de lo que toreaba como banderillero, estaba en América haciendo campaña en las corridas que su hermano Andrés organizaba en el Nuevo Mundo. Mientras, allá en el Viejo Continente, su poderdante dormía con los botas puestos porque no aguantaba el frío de Salamanca.

Los ganaderos españoles son muy celosos en sus tentaderos y por ello se cuidan mucho de quien va a torear al campo. No se torea si no es invitado. En aquellos días del franquismo, los terratenientes eran muy poderosos y ponían delante de los intrusos a la Guardia Civil por “quítame esta paja”. Un día, César tropezó en una de las calles convergentes a la Plaza Mayor de Salamanca con don Antonio Pérez Tabernero, célebre ganadero charro. Con el desenfado que siempre le caracterizó, se le acercó y le dijo: –Don Antonio, por favor, ¿por qué no me echa usted una vaquita en el campo? El ganadero, persona siempre amable, le contestó con mucho cariño: –No te preocupes muchacho, que tengo una vaquilla apartada para ti.

En 1954, cuando César triunfó apoteósicamente en La Maestranza y un toro le echó mano en Sevilla, siendo César figura del toreo, don Antonio Pérez Tabernero fue al Sanatorio de Toreros a visitarle y, con intención de ser simpático, le dijo: –César, cuando salgas de aquí, para reponerte, te vienes a casa, a San Fernando, a torear una vaquilla. César le contestó:


–Don Antonio, la vaca que usted dijo que me tenía apartada supongo que ya habrá parido y todas esas cosas.


Aquella Navidad en Salamanca César recibió de aguinaldo cincuenta pesetas. Fue un muchacho venezolano, estudiante de medicina de nombre Enrique Rodríguez, que al llegarle el dinero de Venezuela apartó cincuenta pesetas y se las regaló a César. Rodríguez se había fijado en la patética imagen de los zapatos del novillero, sin tacones, reforzados en la plantilla con papel de periódico, “para tapar los huecos que tenían en las suelas”. Por eso, cuando caían las usuales nevadas, Girón resbalaba al caminar por las calles de “Salamanca la blanca”. César, feliz y contento, se fue de inmediato a una zapatería en cuyos escaparates estaban los zapatos que cada helada mañana veía, con la misma ansiedad que un hambriento mira un escaparate de confitería. Sin pensarlo dos veces compró el par de zapatos, que tantas veces había visto en el aparador, echó en un cesto de la basura los viejos y a caminar ¡Feliz y contento por calles y avenidas salmantinas! ¡Hasta que comenzó a llover!...Y Girón feliz, sin importarle que cayeran del cielo sapos y culebras. Seguía su marcha de triunfo, bajo la lluvia, como si fuera una versión tropical de Gene Kelly. Hasta que notó que el agua le calaba los pies. ¡Que los zapatos se habían quedado sin suelas! Los zapatos estaban desechos, porque los zapatos de sus sueños eran ¡zapatos de cartón!

César Girón soportó todo el frío, toda el hambre, la inmensa soledad que le acompañaba, el desprecio de muchos que veían en él al indio, al mono, al “guayabita”, al “al chico del jersey”, que fueron los motes despectivos con los que algunos le trataron. Otros, como Victoriano Valencia y Antonio Chenel “Antoñete”, compañeros suyos en la pensión Barragué, de Salamanca, le ayudaron con su estímulo y caluroso afecto. Pero el destino a veces parece marcado y lo que va a ser debe ser.

Un día se encontró César Girón en la tapia del tentadero de Leopoldo Clairac. Entre los toreros estaba Agustín Parra “Parrita”, cuñado de Manolete y un torero importante de la postguerra. También estaba en el tentadero el célebre empresario catalán, don Pedro Balañá.

Y fíjese usted, amable lector, por dónde salta la suerte. Parrita, al ver a Girón, le cede una becerra muy buena. César, sin dudarlo un instante, salta de la tapia y sin atorarse, por el ansia de torear y a sabiendas que se jugaba muchas cosas importantes frente a don Pedro, se planta frente a la res y le dibuja muletazos de mucha valía. Don Pedro se entusiasma, porque no hubo nada que le entusiasmara más al gran Balañá que descubrir toreros y ayudar al que verdaderamente se lo merecía. Esa fue la grandeza su grandeza: fue un descubridor de valores de la torería. Don Pedro inventaba parejas en los carteles de competencia, descubría ganaderías, develaba novilleros entre la multitud de aspirantes, fue junto con don Pablo Chopera uno de los grandes empresarios históricos.

Balañá le habló a César Girón para que se presentara en Barcelona, en la plaza Monumental, propiedad de don Pedro que tuvo, mientras él la administró, una categoría máxima. Cuando regresó de América Fernando Gago, don Pedro Balañá le informó que César Girón estaba anunciado en la Monumental para el 16 de marzo. Ese mismo invierno un grupo de aficionados le jugó una broma a César. Una broma pesada, de las mismas que él gustaba gastar a sus compañeros. Vino un maletilla y le llamó a un aparte de la pensión y le dijo:–Mira, chico, no le vayas a decir a nadie, pero mañana hay tentadero casa de don Lisardo Sánchez, cerca de Badajoz.

César no durmió en toda la noche. Muy temprano tomó el tren en Tercera Clase y se marchó a Badajoz. Había gastado las pesetas que le quedaban pero lo importante era ir al tentadero. Cuando llegó a la finca se topó con don Lisardo, que de mala manera le preguntó qué hacía allí, sin que le hubieran invitado. Lo cierto es que no había ni tentadero ni nada, y como Girón le dijo que había ido a torear, Lisardo Sánchez, hombre de malas pulgas le dijo:

–Mira, muchacho, si quieres comer tienes que trabajar. Aquí la labor comienza a las cinco de la madrugada. Y allí, en la finca de don Lisardo

Sánchez en Badajoz, estuvo César Girón a las cinco de la madrugada, abrazado por un frío infernal, pesando cochinos casi en tinieblas. Todo para poder comer.

Al final de la jornada, Lisardo Sánchez se compadeció de César Girón y le echó dos vacas en el tentadero. Dos vacas toreadísimas. Una le pegó una paliza tan grande que le destrozó la camisa gris a rayas, el orgullo de su trousseau, que era la única prenda de vestir que tenía Girón.

Al otro día, adolorido y lleno de hematomas por las palizas que le habían pegado las vacas toreadas que el ganadero le había echado, César Girón le vendió al hijo de Lisardo Sánchez una toalla, de esas que fabricaba Telares de Maracay y que doña Esperanza Díaz de Girón le había puesto a César en el equipaje con cariñoso orgullo. Una toalla llena de colorido, palmeras y bañistas en traje de baño, que al joven Lisardo encantó. El muchacho le dió al caraqueño, a cambio, cien pesetas que sirvieron para el viaje de vuelta a Salamanca.

En el tren de vuelta, aprovechó que estaba vacío para meterse en el vagón de Primera Clase, echarse en el asiento muelle y amplio, para dormir a pierna suelta. Cuando llegó el revisor a pedir el billete, le dijo:

–Maestro, mire usted, es que como vi el tren vacío... El colector, le contestó molesto:–Maestro será su padre de usted. Yo no he sido nunca albañil.

Otro día un grupo de novilleros le invitó a ir a un tentadero en Villavieja de Yeltes. Sin darle muchas explicaciones le metieron en un taxi y, cuando iban llegando le pidieron veinte duros para la aportación del pago del taxi.


– ¿Están locos? ¿De dónde voy a sacar cien pesetas? Como vieron que no tenía dinero lo dejaron en Villavieja, a más de siete kilómetros de la finca. Cuando llegó le preguntó al mayoral si le daba una oportunidad con las vaquillas. Lo que hizo el capataz fue llamar a la Guardia Civil y lo echaron de la ganadería. El regreso a Salamanca fue andando, por la ruta del Lazarillo de Tormes o como si se tratara de Gil Blas de Santillana, pues, de pueblo en pueblo, tardó casi dos semanas en cubrir el trayecto. Cuando llegó a Salamanca se encontró que el padre de Victoriano Valencia le había enviado por correo un kilo de caramelos y una botella de champaña.


César y el padre de Victoriano habían hecho una cariñosa amistad, sólo de hablar por teléfono. Victoriano Valencia fue un gran amigo para César. Como tenía medios, era estudiante de la Facultad de Derecho en la Universidad de Salamanca, invitaba a Girón a merendar, le regalaba ropa y cuando podía una que otra peseta. La noticia de la contratación de César para Barcelona, tuvo la resonancia de una bomba entre los maletillas de invierno de Salamanca y entre los estudiantes venezolanos de la Facultad de Medicina de la Universidad –Muchachos, les dijo César Girón a sus paisanos, ¡toreo en Barcelona! O soy figura o me mata un toro. Uno de los estudiantes le dijo: –César, con lo que tu corres ¿cómo te va a alcanzar un toro? Los compañeros de terna fueron Carlos Corpas y “Antoñete”, y le decían:–”Indio, te vamos a meter el pelo pa’ dentro.” Hizo el viaje de Calatayud a Barcelona y al llegar a la Ciudad Condal le esperaban los hermanos Pepe y Victoriano Valencia, quienes le invitaron a comer al Bar Canaletas. Se alojó en el Hotel Comercio de la Calle de Escudillers, hoy día el hospedaje obligado para aquellos que comienzan. Es un hotel con mucho carácter, de buen aire como dicen los taurinos. César lo puso de moda desde ese día.

César Girón narra aquella primera experiencia en Barcelona al periodista Marino Gómez. Santos, de esta manera:

“Recuerdo una tarde de domingo en el Hotel Comercio. El traje del matador que había toreado aquella tarde en Barcelona estaba colgado en el balcón, que daba a la estrecha calle de Escudillers. El mozo de espadas le había limpiado las manchas de sangre con un cepillo. El oro de la taleguilla se había vuelto, momentáneamente, desvaído. Desde aquel balcón se veían las tabernas, en cuyas puertas estaba escrito con pintura blanca: ‘Hay champiñón’. ‘Se sirven comidas’.


Entraban soldados de la Marina norteamericana, que hacían funcionar las máquinas tragaperras para hacer sonar tres o cuatro rocks a un tiempo. Por aquellas puertas salía humo de cigarros, olores ácidos de perfumes baratos y guisos pobres –Me dieron la habitación número 11; y le respondió el padre de Victoriano: –Mañana vas a tener suerte, porque el número 11 siempre trae suerte.

Contaba César que a las cinco de la mañana llamó a Victoriano Valencia, para pedirle “Chico, ponme discos a ver si me distraigo”. Este gran amigo, que ha sido siempre Victoriano, estuvo poniéndome discos desde la madrugada hasta las diez de la mañana, y yo escuchándolos por teléfono.

“Victoriano me vino a buscar y fuimos a misa, a una iglesia pequeña llamada Santa Mónica. Recé mucho, lo recuerdo. A las 12 del mediodía me encontré a “Antoñete”, que venía con unos amigos, de esos que rodean siempre a los toreros. Me dijo: –Vamos a dar un paseo.

“Le contesté, sinceramente: No me puedo mover, porque tengo mucho miedo. Hoy me lo juego todo. En el patio de caballos le dije a mis compañeros, acordándome de aquello de ‘Indios, te vamos a meter el pelo para adentro‘: muchachos, aquí es donde quiero ver cómo me van a meter el pelo pa’ dentro...

César Girón cortó tres orejas la tarde de su debut en Barcelona y salió a hombros de la Monumental. Volvió y toreó veintidós tardes, superando la marca de Vicente Barrera, que había toreado 11. César se convirtió, gracias a Barcelona, en uno de los novilleros preferidos por las empresas.

Era la época de “Antoñete”, Pedro Martínez “Pedrés”, Juanito Posada... A Madrid fue el 10 de julio de 1952, como novillero. Una novillada de Felipe Bartolomé. Con “Antoñete” y Carriles. Repitió a las dos semanas y cortó dos orejas en Las Ventas. Un éxito muy comentado. Fue el novillero estrella de 1952, y con mucha fuerza llegó a la alternativa, aunque sin un futuro cierto porque no había contratado corridas para la temporada de 1953 y en su tierra poco o nada creían en los sonados éxitos hispanos.

En la misma entrevista que le hizo para Ruedo Ibérico, el periodista Mario Gómez-Santos, narra algo muy significativo que ha sido una especie de denominador común para todos los toreros venezolanos. Bueno, no solo para los toreros, sino para cualquier venezolano que triunfe en la vida, en el extranjero.

“Fue la temporada más dura (1952-1953). Carlos Arruza me dió la alternativa”, narra Girón en la entrevista

“¿Quien me lo iba a decir cuando, cinco años antes, quise robarle el traje de torear, allá en Maracay? Lo tenía colgado en un balcón y yo, con un palo largo, intentaba cogerlo desde abajo.

“Luego fui a México y fracasé. Toreé en México, el 25 de diciembre de 1952. Alterné con José María Martorell, Jorge Aguilar ‘El Ranchero’ y Manuel Capetillo. Los toros eran de la ganadería de Tequisquiapan. Al toro ‘Canastillo’, número 47, de 437 kilos de peso, le corté una oreja; pero a pesar de eso no cuajé en México. Ese año toreé allí cuatro corridas de toros.

“Llegué a Venezuela en plan humilde y nadie me hizo caso. Iba casi con lo puesto. Toreé siete corridas de toros en Venezuela y no me quedó ni un céntimo. Me vine desmoralizado. Nunca he deseado más que el avión se cayera o que me matara un toro”. César Girón fue a España con una sola corrida contratada: la del Domingo de Pascua en Cartagena.

“Toreaba con Manolo Carmona y Antonio Bienvenida. En esa corrida de toros, al primero le corté las orejas y el rabo, y por ese éxito me contrataron para sustituir a Pepe Luis Vázquez en la Línea de la Concepción, al día siguiente.

“Llegué a La Línea por la tarde, con los minutos justos para vestirme e ir a la plaza. Corté cuatro orejas, dos rabos y una pata. De ahí para arriba todo lo que quieras. Toreé 41 corridas sin ir a Madrid...”. Esta narración de aquellos primeros pasos es una lección para los toreros venezolanos, porque a todos les ha sucedido que cuando regresan triunfantes de España, o de México, los empresarios y periodistas de Venezuela no los reciben como ellos, los toreros, esperaban, conscientes de de haber hecho un gran esfuerzo merecedor de ser reconocido. La mayoría no supera el duro shock de la indiferencia. Fueron muchas las grandes tardes de Girón en su carrera, como las dos de Sevilla, en la Maestranza, cuando en una misma Feria de Abril, en dos tardes cortó dos rabos. O aquella Corrida de la Prensa en México, cuando cortó cuatro orejas y un rabo a los toros de don Fernando de la Mora.

Inolvidable Lima, el primero de noviembre de 1954 cuando cortó la única pata que se ha concedido en la bicentenaria plaza de toros de

Acho. La otra pata, que como trofeo dicen cortó Luis Procuna, en realidad no fue concedida por la autoridad limeña, sino que fue cortada sin autorización por el peón de confianza de Procuna, David Siqueiros, “Tabaquito”. César, en Lima, le cortó la pata a un toro de la ganadería peruana de Huando y alternó con los españoles Antonio Bienvenida y Rafael Ortega. Había sido una feria importante para Girón, aquella del Señor de los Milagros. El venezolano era la base de los carteles.

La feria comenzó el 17 de octubre, con toros de Juan Cobaleda, Antonio Pérez, Atanasio Fernández y un sobrero de Yencala. César cortó dos orejas y fue el triunfador de la tarde. Bienvenida y Carlos Corpas pasaron inadvertidos. Repitió al domingo siguiente, 24 de octubre, junto a Rafael Ortega y Manuel Jiménez “Chicuelo II”. César cortó un rabo y volvió a ser el triunfador. Por tener compromisos en Caracas y en Bogotá no volvió a Lima hasta el célebre día primero de noviembre, cuando cortó la pata. Terminó su temporada peruana el 14 de noviembre, mano a mano con “Chicuelo”. Girón también fue el triunfador: dos orejas. El año de 1954 César toreó en Lima cuatro tardes, ¡sumó diez orejas, tres rabos y una pata!

De su apoteosis en Lima, Humberto Parodi, acreditado en la Ciudad Virreinal por la United Press International (UPI), envió al mundo el siguiente despacho fechado el primero de noviembre:

En su tercera y última actuación en la plaza de Acho, el nuevo fenómeno de la tauromaquia, César Girón, hizo que una vez más se agotasen las localidades desde la víspera de la corrida.

Fue la de hoy un bella tarde primaveral, de sol, que ayudó para que la fiesta española luciera en todo su esplendor. Al terminar la corrida, el dramático y desconcertante trasteo de que hizo gala, había convertido a Girón en el nuevo ídolo de los aficionados limeños.

Se lidiaron seis pupilos de Huando, los cuales fueron bien presentados. Tres de ellos acusaron bravura y los restantes fueron mansurrones, originando algunas dificultades para la lidia. Al hacer el paseo los tendidos de Acho presentaban un aspecto inusitado. Todas las localidades se veían ocupadas hasta los palillos del techo, cosa 151


nunca vista en Lima. Tal fue el entusiasmo despertado por la tercera corrida, con la que se despedía Girón.

Antonio Bienvenida tuvo una buena tarde, a pesar de que el lote que le tocó en suerte no fue de lo más manejable en el encierro. En el primero se lució en quites y trató de apoderarse del difícil enemigo sin conseguirlo y terminó después de dos medias estocadas y al tercer intento de descabello. (Pitos y palmas). A su segundo lo recibió con bellos lances de capote, hizo quites muy pintureros y puso tres pares de banderillas que le valieron enorme ovación. Con la muleta trasteó muy bellamente, tanto con la derecha como con la izquierda. Serie de naturales muy buenos adornándose y siendo aplaudido. El toro desarrolló genio y en un pase lo cogió por el bajo vientre en forma aparatosa. El toro levantó dos veces del suelo a Bienvenida, destrozándole la ropa. Se deshizo Bienvenida de las asistencias cuando lo llevaban a la enfermería y volvió al toro, al que despachó de tres pinchazos y dos descabellos. Gran ovación al retirarse a la enfermería de dónde no volvió a salir.


Rafael Ortega no pudo aprovechar a su primer enemigo porque al salir de los chiqueros el peón Moyano lo estrelló contra los tableros en forma aparatosa, quedando el animal congestionado. Poco pudo hacer el espada con el enemigo, limitándose a trastearlo brevemente, terminando después de excelente estocada. (Muy aplaudido). En su segundo se lució con el capote y en quites; hizo una faena muy valiente con ambas manos y terminó al huandeño de excelente volapié que se aplaudió con calor, concediéndosele una oreja.

César Girón fue el triunfador de la tarde con dos faenas que lograron emocionar al público, que le aclamó delirante toda la tarde.Su primer enemigo resultó mansurrón y difícil. Se le metió peligrosamente por el lado izquierdo y lo toreó muy bien con el capote. Le puso un par de banderillas muy bueno y desistió de seguir banderilleando porque resbaló y se torció un tobillo. Con la muleta, dada la mala calidad del dicho, nadie esperaba una faena; pero Girón desengañó al enemigo con enorme faena de derechazos que el público recibió puesto de pie. El diestro cada vez más valiente y artista hizo lo que quiso con el enemigo y lo mató de gran estocada concediéndosele las dos orejas y el rabo por lo difícil que fue el toro.

Fue la apoteosis con el último de la tarde, un hermoso ejemplar de Huando. Desde que hizo su aparición en chiqueros, Girón lo lidió y cuidó asombrosamente. Con el capote le dió seis verónicas que fueron una pintura. Toreó por chicuelinas admirablemente. Y con las banderillas después de aparatosa preparación, dejó tres asombrosos pares de poder a poder. Sale a los medios a cosechar una ovación y luego de brindar al ganadero y empresario inicia con estatuarios de espanto, se lleva el toro a los medios y allí realiza pases en redondo, vuelta completa, naturales asombrosos, pases de pecho, series de nuevos pases que alocan a la gente que de pie aclama al torero. Da pases con las dos rodillas en tierra que asustan al público, sigue de pie con manoletinas y otros pases inverosímiles en forma ceñida y limpia. Como pasase el enemigo se perfila y deja un volapié enorme. Cae el toro sin puntilla y la plaza de pie aclama a Girón, viéndose obligada la Presidencia a cederle las dos orejas, el rabo y una pata.

El público le saca a hombros desde los Valles de Lima hasta el Hotel Bolívar, en medio de una gran manifestación nunca vista en los anales taurinos limeños, y ello es la consagración en esta plaza del venezolano a quien consideran aquí como la figura del toreo más grande que Lima jamás haya visto.

Sus temporadas brillaron con luz de figura del toreo y a pesar de haber sido un tipo de difícil carácter, tuvieron que tragarlo por su calidad profesional. De él escribieron los grandes críticos y literatos de la fiesta, de manera laudatoria, porque su vida ha sido un ejemplo para los hombres que tienen suficiente valor de abandonar el techo que les vio nacer para abrirse camino en tierras extrañas.

Cito a Filibero Mira, biógrafo de la Maestranza, cuando se refiere a Girón y sus éxitos en Sevilla en abril de 1954:

“Toreo variado, impetuoso, agresivo, el del vitalísimo César Girón que era un lidiador completo con valor y recursos. Conocedor profundo del toro y sin ignorar ninguna suerte pues todas las realizó con destreza ejemplar y plena entrega. Su estilo era el del toreo ciclónico que dinamizó Carlos Arruza; que fue precisamente el padrino de su alternativa. Como veremos más adelante, fue otras tardes rival –en noble y reñida competencia– nada menos que de Antonio Ordóñez. Existió una rivalidad, muy acentuada, en el coso sevillano, entre el de Ronda y el de Maracay, que dió esplendor y grandeza a la década de los cincuenta. Incomprensiblemente esa torera lucha no fue ni reconocida ni estimada lo suficiente por la crítica taurina de esos años. Han escaseado –también esto incomprensible– los escritores que han valorado en la medida que se merecieron las grandes virtudes de este caribeño que no tenía buen tipo de torero, pero lo fue de cuerpo entero y en grado superlativo. 153


Aunque César Girón no superó sus éxitos de los días 27 y 29 de abril de 1954, no contabilizó ni una sola corrida deslucida de cuantas toreó en La Maestranza, que fue la plaza que lo encumbró”. Cuando comenzó la temporada del 55 tenía firmadas 106 corridas de toros, pero una cornada el 30 de junio en Burgos, una cornada muy grande y muy grave, lo paró en su meteórica carrera.


Fue su paso por Las Ventas, aquel año de 1955, el punto absoluto de su consagración como figura del toreo. Madrid confirma, no hay duda. El 14 de mayo confirmó su alternativa con toros de Juan Cobaleda, con Antonio Bienvenida de padrino. “Bravío” fue el toro de la ceremonia cuya muerte la brindó a Fernando Gago, su descubridor para España y para ese entonces su apoderado...


De su estreno ante la afición madrileña comentó Marcial Lalanda en un despacho que envió Ramón Medina Villasmil “Villa” al diario caraqueño La Esfera que: “Hace dos años vi a Girón. Ahora le veo nuevamente y le encuentro hecho una auténtica figura del toreo. Creo que la suya es hasta ahora la mejor faena realizada en San Isidro”. Pero aún había más. Seis días más tarde saldría a hombros en Madrid; y así relató don Gregorio Corrochano la actuación en aquella célebre crónica que tituló: “César Girón”, sencillamente; con el sumario, célebre como todos los acertados titulares de Corrochano: “se ha perdido el sentido del toreo”.



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